18 marzo 2006

Programa Nº 8: La existencia de Dios

Muy buenas noches. Damos inicio al programa Nº 8 de “Verdades de Fe”.
Les habla Daniel Iglesias. Estaré dialogando con ustedes hasta las 22:00.
Este programa se transmite por Radio María Uruguay desde Florida y Melo, y por Internet en www.radiomaria.org.uy. Puedes enviarnos tus comentarios, sugerencias o críticas al teléfono 0352 0535 o al mail info.ury@radiomaria.org.
En el programa Nº 2 presentamos varias demostraciones de la existencia de Dios. El programa de hoy estará dedicado a refutar las principales objeciones contra la existencia de Dios.

En primer lugar consideraremos la objeción materialista. Los materialistas razonan de la siguiente manera: Todo lo que existe es material. Dios no es material. Por lo tanto, Dios no existe.
La refutación de la objeción materialista es sencilla. El axioma básico del materialismo (o sea, la afirmación de que todo es material) debe ser rechazado, al menos por las siguientes dos razones:
1. Esta afirmación del materialista acerca del "todo" es completamente infundada, por lo cual corresponde aplicar aquí la conocida regla dialéctica de los escolásticos: lo que es afirmado sin prueba, puede ser rechazado sin prueba.
2. Existen muchas realidades conocidas por el hombre (por ejemplo, el conocimiento humano y la libertad humana) acerca de las cuales no se puede alegar con algún sentido que sean realidades materiales. Es decir, no existe ninguna noción inteligible de "materia" que abarque esa clase de realidades.

En segundo lugar consideraremos la objeción cientificista. Los cientificistas razonan de la siguiente manera: Todo lo que existe es susceptible de verificación por medio del método científico. La existencia de Dios no es científicamente verificable. Por lo tanto, Dios no existe.
Para refutar esta objeción debemos tener en cuenta que el concepto de "ciencia" utilizado por el cientificista incluye sólo las ciencias particulares (matemática, física, química, biología, etc.) y excluye las ciencias universales (filosofía y teología).
De la premisa que afirma que todo lo que existe es susceptible de verificación por medio del método científico se deduce esta otra afirmación: sólo el conocimiento científico es verdadero conocimiento. Esta afirmación es autocontradictoria y por lo tanto falsa. La contradicción está en que, al negar la existencia de afirmaciones verdaderas no fundadas en la ciencia, se está haciendo una afirmación (supuestamente verdadera) no fundada en la ciencia, sino en una falsa filosofía. Es decir, ninguna ciencia particular demuestra ni puede demostrar que el único conocimiento válido es el conocimiento científico. De aquí se deducen la falsedad de la premisa mayor de la objeción cientificista y, por consiguiente, la invalidez de esa objeción.
Por otra parte, la objeción cientificista puede reducirse a la objeción materialista, que refutamos antes, porque sólo puede comprobarse experimentalmente lo que es material.

Consideremos ahora lo que denominaremos la “objeción lógica”. La forma más general de esta objeción es la siguiente: La noción de “ser infinito” es absurda, porque implica la predicación simultánea de atributos contradictorios entre sí. La noción de “Dios” incluye la noción de “ser infinito”. Por lo tanto, la noción de “Dios” es absurda y Dios no existe.
Para refutar la objeción lógica debemos refutar su premisa mayor, la que afirma el carácter absurdo de la noción de “ser infinito”. Esta premisa sólo es válida contra la noción panteísta del Ser infinito, no contra la correspondiente noción cristiana. El Ser infinito de la fe cristiana no es el conjunto de todos los entes, sino la Causa primera (incausada) del ser y del devenir de todos los demás entes (los entes creados). Los entes creados son realmente distintos de Dios, por lo cual en el cristianismo, a diferencia del panteísmo, no hay ninguna razón para afirmar que Dios sea a la vez (por ejemplo) sabio e ignorante, misericordioso y cruel, poderoso y débil, etc.
Entre el ser de Dios y el ser de las criaturas hay analogía, es decir, semejanza en un sentido y desemejanza en otro. Las propiedades trascendentales del ser (unidad, verdad, bondad, belleza) corresponden también a Dios, pero no conocemos el modo infinito que estas propiedades tienen en Dios. Por estas razones, hay tres vías para el conocimiento de los atributos divinos: causalidad, negación y eminencia. Veamos esto a través de un ejemplo.
· Causalidad: la bondad de Dios es la causa primera de la bondad de las criaturas; hay una semejanza entre la Causa divina y el efecto creado.
· Negación: la bondad de Dios no es igual a la bondad de las criaturas; también hay una desemejanza entre la Causa divina y el efecto creado.
· Eminencia: la bondad de Dios es eminente, infinita; he aquí por qué la desemejanza entre Dios y los seres creados (finitos) es mayor que la semejanza.

Veamos ahora la objeción que podríamos denominar “cosmológica”. En este caso el razonamiento es el siguiente: Si Dios existe, entonces no puede existir un mundo imperfecto. El mundo es imperfecto. Por lo tanto, Dios no existe.
Para refutar la objeción cosmológica debemos refutar su premisa mayor, la que opone la existencia de Dios a la existencia de un mundo imperfecto. Lo cierto es precisamente lo contrario a lo afirmado por esta premisa: Si Dios existe, entonces no puede crear un mundo absolutamente perfecto, porque un ser absolutamente perfecto es un ser divino. Si Dios hubiese creado un mundo perfectísimo, habría creado un segundo Dios. Pero no puede haber dos dioses distintos, porque entonces ninguno de ellos sería Dios, el Ser perfectísimo, ya que a cada uno de ellos le faltaría algo de la perfección del otro. Por lo tanto, si Dios crea un mundo, necesariamente debe crear un mundo con alguna clase de imperfección.
Además, Dios no puede crear otro dios, porque la misma noción de "dios creado" es absurda, dado que un dios creado debería ser a la vez incausado y causado. Esto no supone ninguna limitación de la omnipotencia divina, porque ésta abarca todo lo posible, es decir todo lo que en sí mismo no implica contradicción.

Veamos ahora la objeción que podríamos denominar “moral”. En este caso el razonamiento es el siguiente: Si Dios existe, entonces no puede existir el mal. El mal existe. Por lo tanto, Dios no existe.
Para refutar la objeción moral debemos refutar su premisa mayor, la que opone la existencia de Dios a la existencia del mal. Aquí podemos aplicar otra vez la regla que mencionamos al principio: lo que es afirmado sin prueba, puede ser rechazado sin prueba. La afirmación de que el mal no puede existir si Dios existe es completamente infundada.
El mal es una imperfección, pero no cualquier imperfección es un mal. Se llama "mal" a aquella imperfección que priva a un ser de una perfección que en principio le correspondería según su naturaleza. Por ejemplo, carecer de vista no es un mal para una piedra, pero es un mal para un león.
El mal no es un ser, sino una carencia o privación de ser. Existen dos grandes clases de males: los males físicos (como el dolor y la muerte) y los males morales (los pecados o actos humanos malos).
Todo lo que Dios ha creado es bueno. Dios no es el autor del mal, pero permite el mal, por razones que Él, en su infinita sabiduría, puede juzgar muchísimo mejor que nosotros. No tiene sentido que el hombre pretenda erigirse en juez de Dios y de su obra creadora. Además, negar la existencia de Dios no hace que la existencia del mal sea más comprensible; por el contrario, la vuelve totalmente incomprensible.
Podemos comprender algunas de las razones por las cuales Dios permite el mal (físico o moral):
1. En el orden biológico el dolor cumple la finalidad de informar al ser vivo acerca de alguna realidad amenazadora.
2. La muerte de las plantas y de los animales irracionales no frustra absolutamente su razón de ser, el cumplimiento de su función dentro del cosmos.
3. A pesar de las apariencias, a menudo el sufrimiento humano contribuye de un modo misterioso pero real al desarrollo humano integral. El dolor puede desempeñar un rol positivo dentro del plan de la Divina Providencia, orientado a la salvación del hombre.
4. La muerte del ser humano no es su aniquilación, sino su entrada en la vida eterna, que da pleno sentido a su vida terrena y sus sufrimientos.
5. Exceptuando el caso particularísimo de Jesús de Nazaret, podemos decir que, tal como las cosas son de hecho, si un hombre, durante su vida terrena, no pudiera hacer el mal, tampoco podría hacer el bien. La libertad es la grandeza del hombre, pero también su riesgo. Dios no ha querido crear robots o esclavos, sino seres hechos a su imagen y semejanza, destinados a ser sus hijos y a participar de la naturaleza divina.
La respuesta más profunda al problema del mal no está en ningún razonamiento, sino en el testimonio de amor de Cristo, crucificado por nuestros pecados. Jesús crucificado nos enseña que el amor de Dios no nos libra de todo mal, sino que nos libra en todo mal, preservándonos del único mal absoluto, el rechazo de Dios.
Ahora haremos unos minutos de pausa para escuchar música.

INTERVALO MUSICAL

Continuamos la transmisión de “Verdades de Fe”. Este programa se transmite por Radio María Uruguay, desde Florida y Melo. Los oyentes pueden plantearnos sus consultas y comentarios llamando al teléfono 0352 0535 o enviando un mail a info.ury@radiomaria.org.
Nuestro programa de hoy está dedicado a la refutación de las objeciones contra la existencia de Dios. Ya hemos presentado y refutado cinco objeciones que denominamos la objeción materialista, la objeción cientificista, la objeción lógica, la objeción cosmológica y la objeción moral. En esta segunda parte presentaremos y refutaremos otras dos objeciones comunes contra la existencia de Dios.

Veamos ahora la objeción antropológica. El razonamiento es el siguiente: Si Dios existe, entonces no puede existir ningún ser libre distinto de Dios, porque el conocimiento infinito y la libertad infinita de Dios anularían la libertad finita de los demás seres libres. El hombre es un ser libre distinto de Dios. Por lo tanto, Dios no existe.
Para refutar la objeción antropológica, examinaremos los dos posibles intentos de justificación de su premisa mayor, la que opone la existencia de Dios a la libertad finita de los demás seres libres, en particular del hombre.
El primer intento opone el conocimiento infinito de Dios a la libertad del hombre: Dios es omnisciente y eterno. Por lo tanto Dios conoce simultáneamente todos los sucesos pasados, presentes y futuros, incluyendo los actos futuros de los hombres. De esta manera los predeterminaría e impediría que sean actos libres. El error de esta argumentación está en confundir precognición con predeterminación. Dios puede conocer un acto humano futuro sin eliminar su carácter de acto libre.
El segundo intento opone la acción creadora de Dios a la libertad del hombre: Dios no sólo conoce todos los sucesos, sino que es su causa primera. Por lo tanto la determinación última de los actos humanos estaría sólo en Dios, no en el hombre. Entonces, si Dios existe, el hombre pierde su libertad. El error de esta argumentación está en oponer la libertad infinita de Dios y la libertad finita del hombre y en confundir los modos en que estas dos libertades operan. La libertad de Dios y la libertad del hombre no se oponen ni operan en el mismo plano. Dios es la Causa primera de todo lo que existe, incluyendo los actos humanos; pero la Causa divina no suprime las causas creadas. Dios ha querido que existan causas segundas y que éstas sean realmente causas, no meras apariencias. En un acto humano no podemos separar una parte que provendría de Dios como Causa primera de otra parte que provendría del hombre como causa segunda. Todo acto humano procede enteramente de Dios y enteramente del hombre, pero de tal modo que los planos de acción de ambas causas no se confunden ni se oponen. El hecho de que no podamos comprender plenamente cómo se realiza esta cooperación entre Dios y el hombre no implica que ésta sea irracional sino que ejemplifica la finitud de la razón humana.

Veamos ahora una objeción contra la existencia de Dios que se disfraza bajo la forma de una simple pregunta: ¿Quién creó a Dios? El razonamiento es el siguiente: La doctrina cristiana sobre Dios Creador del universo es inconsistente. A partir del principio de que todo ente tiene una causa, los cristianos deducen que el mundo ha sido creado por Dios. Pero entonces, ¿quién creó a Dios? Frente a esta pregunta sólo caben tres respuestas posibles, todas ellas inadmisibles:
1) Dios fue creado por otro ser distinto de Él. En este caso Dios no sería el Ser Supremo de la religión cristiana.
2) Dios se creó a Sí mismo. Esto es absurdo, porque nadie puede crearse a sí mismo.
3) La creación de Dios es un misterio sobrenatural, incomprensible para el hombre. Esto equivale a eludir arbitrariamente la dificultad de dar una respuesta racional a la cuestión.
Según los que plantean esta objeción, los cristianos oscilarían entre las respuestas segunda y tercera.

Pasemos a refutar esta objeción. Las pruebas clásicas de la existencia de Dios (las "cinco vías" de Santo Tomás de Aquino) están basadas en dos principios metafísicos evidentes: el principio de razón de ser y el principio de causalidad. Ninguno de los dos afirma que "todo ente tiene una causa", como suponen los objetantes. De hecho la proposición "todo ente tiene una causa" es falsa.
El principio de causalidad no afirma que todo ente tiene una causa, sino algo muy diferente: que todo ente contingente tiene una causa. Se define como ser contingente al ser que es y puede no ser y se define como ser necesario al ser que es y no puede no ser.
Según el principio de razón de ser, todo ente (incluso Dios) tiene una razón de ser, no necesariamente una causa. Un ente puede tener su razón de ser en sí mismo o en otro ente. Si un ente tiene su razón de ser en otro ente (su causa) entonces es causado (por definición). Si un ente tiene su razón de ser en sí mismo, entonces no tiene ni necesita tener una causa. En este caso es incausado (por definición).
La filosofía tomista demuestra por una parte que los conceptos de ente incausado y de ente necesario se implican mutuamente y por otra parte que los conceptos de ente causado y de ente contingente se implican mutuamente.
Cada una de las "cinco vías" parte de un dato de la experiencia: existen entes con características tales que denotan su contingencia. A partir de este dato, aplicando sistemáticamente el principio metafísico de causalidad y excluyendo una regresión infinita en la sucesión de causas, se deduce que existe un Ser necesario, al que llamamos "Dios", que es la Causa Primera de todo ente contingente. Se demuestra además que este Dios es el Ser absoluto, el Ser que existe por Sí mismo, el Ser cuya existencia coincide con su esencia, que es único, que es el Creador del mundo etc.
Dado que Dios no es contingente, no se le puede aplicar el principio de causalidad. Dios es el Ser necesario, el Ser incausado. No tiene ni necesita una causa porque existe por Sí mismo. Él es su propia razón de ser. Por lo mismo también es el Ser increado.
Ahora podemos ver que la pregunta "¿Quién creó a Dios?" (o su versión más filosófica: "¿Cuál es la causa del ser de Dios?") admite una cuarta respuesta posible, la verdadera respuesta cristiana: nada ni nadie creó a Dios ni causó el ser de Dios, porque Dios es el Ser incausado e increado.
Es verdad que Dios no pudo crearse a Sí mismo ni ser la causa de su propio ser. La autocreación y la autocausación son conceptos contradictorios en sí mismos. En términos tomistas estos conceptos suponen que un mismo ser podría ser a la vez y en el mismo sentido un ser en acto y un ser en potencia, lo cual es imposible. La absurda noción de Dios como causa de sí mismo no proviene de la teología escolástica medieval sino de la teología racionalista del siglo XVII.
También es verdad que debemos dar una respuesta racional a la objeción y no escudarnos en el misterio de Dios. Pero la respuesta correcta no es que Dios fue creado quién sabe cómo, sino que no fue creado ni necesitó ser creado.
La pregunta u objeción "¿Quién creó a Dios?", tan clásica y tan infantil a la vez, supone una profunda incomprensión de la teología cristiana. Quien esto objeta ni siquiera ha comenzado a comprender el significado cristiano de la palabra "Dios".

Querido amigo, querida amiga:
La fe en Dios no es un sentimiento irracional, sino un acto que, aunque supera infinitamente a la razón, tiene fundamentos racionales. La luz sobrenatural de la fe no contradice ni anula la luz natural de la razón humana, sino que la supone y la perfecciona.
Hemos visto que es posible demostrar filosóficamente la existencia de Dios y algunos de Sus atributos y que las objeciones contra la existencia de Dios carecen de validez y pueden ser refutadas sin mayores dificultades.
Si eres no creyente, te invito a reconocer el carácter profundamente razonable de la fe cristiana. Deja de lado todos los prejuicios y lugares comunes de la crítica anticristiana y adéntrate en la riquísima tradición del pensamiento cristiano. Con el tiempo, cuando te hayas familiarizado con su lenguaje y su contenido, podrás comprobar por ti mismo cuán infundado es el desprecio que los racionalistas sienten por el cristianismo y cuánto más racional es la fe cristiana que las alternativas o sucedáneos que se proponen para suplantarla.
Si eres creyente, te invito a dejar atrás todos tus posibles complejos o sentimientos de inferioridad frente a la ciencia mundana. Aunque sea considerada como una locura por algunos de los sabios de este mundo, la fe cristiana es la adhesión a la verdadera sabiduría, la Sabiduría de Dios revelada a los hombres en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Toda ciencia mundana no es más que un preámbulo que prepara al hombre para la forma suprema de conocimiento, que es la participación en el conocimiento del mismo Dios. Por la intercesión de la Virgen María, Sede de la Sabiduría, ruego a Dios que te conceda enfrentar las dificultades intelectuales que se plantean a la fe cristiana, evitando caer en la tentación de la duda o la increencia y profundizando cada vez más tu fe en Él.
Damos fin al programa Nº 8 de “Verdades de Fe” y nos despedimos hasta el próximo martes a las 21:30. Que Dios los bendiga día tras día.

Daniel Iglesias Grèzes
2 de mayo de 2006.

12 marzo 2006

Programa Nº 7: La unidad de la Iglesia

Muy buenas noches. Damos inicio al programa Nº 7 de “Verdades de Fe”.
Les habla Daniel Iglesias. Estaré dialogando con ustedes hasta las 22:00.
Este programa se transmite por Radio María Uruguay desde Florida y Melo, y por Internet en www.radiomaria.org.uy. Puedes enviarnos tus comentarios, sugerencias o críticas al teléfono 0352 0535 o al mail info.ury@radiomaria.org.
Nuestro programa de hoy estará dedicado a la unidad de la Iglesia.

Escuchemos lo que nos enseñan al respecto los números 161 al 164 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, publicado el año pasado:
“¿Por qué la Iglesia es una?
La Iglesia es una porque tiene como origen y modelo la unidad de un solo Dios en la Trinidad de las Personas; como fundador y cabeza a Jesucristo, que restablece la unidad de todos los pueblos en un solo cuerpo; como alma al Espíritu Santo, que une a todos los fieles en la comunión en Cristo. La Iglesia tiene una sola fe, una sola vida sacramental, una única sucesión apostólica, una común esperanza y la misma caridad.
¿Dónde subsiste la única Iglesia de Cristo?
La única Iglesia de Cristo, como sociedad constituida y organizada en el mundo, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sólo por medio de ella se puede obtener la plenitud de los medios de salvación, puesto que el Señor ha confiado todos los bienes de la Nueva Alianza únicamente al colegio apostólico, cuya cabeza es Pedro.
¿Cómo se debe considerar entonces a los cristianos no católicos?
En las Iglesias y comunidades eclesiales que se separaron de la plena comunión con la Iglesia católica se hallan muchos elementos de santificación y verdad. Todos estos bienes proceden de Cristo e impulsan hacia la unidad católica. Los miembros de estas Iglesias y comunidades se incorporan a Cristo en el Bautismo; por ello los reconocemos como hermanos.
¿Cómo comprometerse a favor de la unidad de los cristianos?
El deseo de restablecer la unión de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu; concierne a toda la Iglesia y se actúa mediante la conversión del corazón, la oración, el recíproco conocimiento fraterno y el diálogo teológico.

Según la doctrina católica, el movimiento ecuménico, cuyo objetivo es restablecer la unión de todos los cristianos, es un don de Dios. En la Iglesia Católica el movimiento ecuménico tomó un fuerte impulso a partir del último Concilio ecuménico, el Vaticano II.
Han transcurrido ya más de 40 años desde la clausura del Concilio Vaticano II, esa gran obra del Espíritu Santo para nuestra época. Los documentos conciliares, recibidos al principio con mucho entusiasmo, han ido cayendo paulatinamente en el olvido para la mayoría de los fieles católicos, incluyendo a muchos que tienen una mayor formación doctrinal. En el período post-conciliar, en los sectores eclesiales autodenominados “progresistas” se ha apelado con frecuencia a un supuesto “espíritu del Concilio”, descuidándose la atención a la letra del Concilio, encarnación de su verdadero espíritu. Hoy son poco conocidos algunos textos esenciales del Concilio que contradicen a corrientes de pensamiento fuertemente arraigadas en nuestra cultura, como por ejemplo el relativismo y el indiferentismo religioso.
Nos proponemos recordar algunos de los textos semiolvidados del último Concilio referidos al ecumenismo, un tema de importancia fundamental en el cual se pueden apreciar hoy no pocas desviaciones con respecto a la auténtica doctrina conciliar. A continuación citaremos y comentaremos algunos textos del Concilio referidos al ecumenismo.

El Concilio enseña que la Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica.
Escuchemos el número 8 de la constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium:
“Ésta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica, y que nuestro Salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la apacentara, confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno, y erigió perpetuamente como “columna y fundamento de la verdad”. Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentran muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica.”
La Iglesia de Cristo es una y única; no está ni puede estar dividida. Esta Iglesia de Cristo subsiste en (o sea, es) la Iglesia católica, porque la substancia de la Iglesia de Cristo permanece en la Iglesia católica. No se dice ni podría decirse otro tanto de ninguna otra Iglesia o Comunidad eclesial.
La Iglesia de Cristo es una realidad actual, presente en la historia, visible en el mundo, no un mero proyecto, ideal o entelequia abstracta. Se trata concretamente de la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de San Pedro (el Papa) y los Obispos en comunión con él (los Obispos católicos), de acuerdo con la voluntad de su Divino Fundador.
Los elementos de santidad y verdad presentes en las Iglesias y Comunidades eclesiales no católicas son bienes propios de la Iglesia católica e impulsan a los cristianos no católicos hacia la unidad propia de la Iglesia católica.

Veamos ahora qué enseña el Concilio sobre la relación entre la Iglesia católica y los cristianos no católicos.
Escuchemos el número 15 de la constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium:
“La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro... De esta forma, el Espíritu suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo y la actividad para que todos estén pacíficamente unidos, del modo determinado por Cristo, en una grey y bajo un único Pastor. Para conseguir esto, la Iglesia madre no cesa de orar, esperar y trabajar, y exhorta a sus hijos a la purificación y renovación, a fin de que la señal de Cristo resplandezca con más claridad sobre la faz de la Iglesia.”
La Iglesia católica reconoce que los cristianos no católicos (en sentido sociológico o jurídico) son verdaderos cristianos, es decir católicos (en sentido teológico), siempre y cuando hayan recibido válidamente el sacramento del bautismo y profesen los dogmas principales de la fe cristiana (expresados por ejemplo en el Credo Apostólico).
Los cristianos no católicos pertenecen a la Iglesia católica de una forma imperfecta. Esa imperfección no se refiere directamente a la condición moral de esas personas, sino a una profesión de fe incompleta o a una comunión externamente incompleta con la Iglesia universal.
El Espíritu de Dios suscita en los cristianos el deseo de la unidad perfecta en el modo determinado por Cristo, es decir, en el seno de la Iglesia católica fundada por Él y guiada por el Papa, Pastor supremo a quien Él encomendó el cuidado de su grey. La unidad perfecta de todos los cristianos hará que la Iglesia sea más claramente señal de Cristo, sacramento de Cristo.

Ahora veremos qué enseña el Concilio sobre el objetivo del movimiento ecuménico.
Escuchemos el número 1 del decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio:
“Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos del Concilio ecuménico Vaticano II. Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido. Esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres.”
El objetivo del movimiento ecuménico es la restauración de la unidad entre todos los cristianos en la única Iglesia de Cristo, no la restauración de la unidad de la Iglesia, puesto que la Iglesia nunca ha perdido la unidad, esa característica esencial suya.
Muchas Comuniones cristianas se presentan a sí mismas como la verdadera herencia de Jesucristo, pero no todas pueden serlo en lo que tienen de peculiar y específico (lo que las distingue de las demás y las contrapone a ellas), ya que la verdad es sólo una; la verdad no puede contradecir a la verdad. Todos los discípulos de Cristo deben tener un mismo sentir y un mismo obrar en lo referente a la voluntad de Dios, tal como ésta ha sido revelada por Cristo y transmitida por la Iglesia.
Ahora haremos unos minutos de pausa para escuchar música.

INTERVALO MUSICAL

Continuamos la transmisión de “Verdades de Fe”. Este programa se transmite por Radio María Uruguay, desde Florida y Melo. Los oyentes pueden plantearnos sus consultas y comentarios llamando al teléfono 0352 0535 o enviando un mail a info.ury@radiomaria.org.
Nuestro programa de hoy está dedicado a la unidad de la Iglesia y el ecumenismo. Ya hemos presentado lo que enseñan sobre este tema el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica y la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, del Concilio Vaticano II. En esta segunda parte continuaremos citando y comentando el decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, otro documento del mismo Concilio ecuménico.

El Concilio Vaticano II enseña que es necesario que los cristianos no católicos se incorporen plenamente a la Iglesia católica.
Escuchemos el número 3 del decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio:
“Sin embargo, los hermanos separados de nosotros, ya individualmente, ya sus Comunidades e Iglesias, no disfrutan de aquella unidad que Jesucristo quiso dar a todos aquellos que regeneró y convivificó para un solo cuerpo y una vida nueva, y que la Sagrada Escritura y la venerable Tradición de la Iglesia confiesan. Porque únicamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es el auxilio general de salvación, puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación. Creemos que el Señor encomendó todos los bienes de la Nueva Alianza a un único Colegio apostólico, al que Pedro preside, para constituir el único Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual es necesario que se incorporen plenamente todos los que de algún modo pertenecen ya al Pueblo de Dios. Este pueblo, durante su peregrinación terrena, aunque permanezca sometido al pecado en sus miembros, crece en Cristo y es guiado suavemente por Dios, según sus secretos designios, hasta que llegue gozoso a la entera plenitud de la gloria eterna en la Jerusalén celestial.”
Los cristianos no católicos no disfrutan plenamente de la unidad de la Iglesia. Por voluntad de Dios, sólo por medio de la Iglesia católica, sacramento universal de salvación, se puede alcanzar la plenitud de los medios de salvación. Por eso es justo, conveniente y necesario que se incorporen a ella todos los cristianos no católicos.
La Iglesia católica es la verdadera Iglesia de Cristo, aunque permanezca sometida al pecado en sus miembros y no haya alcanzado aún, en su porción terrestre (la Iglesia militante), la entera plenitud de la gloria eterna, que sin embargo pertenece ya a su porción celestial (la Iglesia triunfante).

Ahora veremos qué nos enseña el Concilio acerca del diálogo ecuménico y las conversiones individuales.
Escuchemos el número 4 del decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio:
“Todas estas cosas, cuando son realizadas prudente y pacientemente por los fieles de la Iglesia católica bajo la vigilancia de los pastores, contribuyen al bien de la justicia y de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del espíritu fraterno y de la unión; para que por este camino, poco a poco, superados los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los cristianos se congreguen en la única celebración de la Eucaristía, para aquella unidad de una y única Iglesia que Cristo concedió desde el principio a su Iglesia y que creemos que subsiste indefectible en la Iglesia católica y esperamos que crezca cada día hasta la consumación de los siglos.
Es evidente que la labor de preparación y reconciliación de cuantos desean la plena comunión católica se diferencia por su naturaleza de la labor ecuménica; no hay, sin embargo, oposición alguna, puesto que ambas proceden del admirable designio de Dios.”
La Iglesia de Cristo, vale decir la Iglesia católica, siempre ha sido, es y será una. La unidad y la indefectibilidad son dones que Cristo concedió desde el principio a Su Iglesia. No obstante, la unidad de la Iglesia puede “crecer” en el tiempo, en la medida en que se realice y manifieste de un modo cada vez más perfecto la unidad y la comunión de todos los cristianos en la única Iglesia y la única Eucaristía, el sacramento del amor.
Es evidente que el diálogo ecuménico no puede oponerse a la labor orientada a apoyar las conversiones individuales de cristianos no católicos hacia el catolicismo, labor que también procede del admirable designio de Dios. Lamentablemente hoy a menudo se tiende a oponer ambos aspectos de la misma tarea evangelizadora, dejándose de lado la búsqueda de conversiones individuales por temor a ofender a nuestros socios en el diálogo ecuménico y a recibir de ellos la acusación de “proselitismo”. El proselitismo es condenable cuando se busca obtener conversiones por motivos puramente mundanos (aumento de poder, de prestigio, etcétera). Pero no corresponde descartar, junto a ese falso proselitismo, también el justo empeño en ayudar a conducir a todos los cristianos hacia la perfecta comunión con la verdadera Iglesia de Cristo (la Iglesia católica), para mayor gloria de Dios y bien de las almas.

Por último veamos qué enseña el Concilio Vaticano II sobre la relación entre el ecumenismo y la verdad.
Escuchemos el número 11 del decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio:
“La manera y el sistema de exponer la fe católica no debe convertirse, en modo alguno, en obstáculo para el diálogo con los hermanos. Es de todo punto necesario que se exponga claramente toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como ese falso irenismo, que daña a la pureza de la doctrina católica y oscurece su genuino y definido sentido.”
El “ecumenismo de la caridad” y el “ecumenismo de la verdad” no deben ser dos iniciativas independientes entre sí. El verdadero ecumenismo debe estar fundado tanto en la caridad como en la verdad. Promover y defender la verdad es en sí mismo un acto de caridad de fundamental importancia.
Existe hoy entre los católicos una tendencia a no discutir con nuestros hermanos separados acerca de los aspectos de la fe cristiana que siguen siendo controvertidos. Si bien es cierto que es más importante lo que nos une que lo que nos separa, sería un grave error subestimar las diferencias que subsisten entre ambas partes. La división de los cristianos no se debe a simples malentendidos, que podrían superarse con un poco de buena voluntad, diplomacia y política eclesiástica. Los cismas y herejías que están en el origen de esas divisiones proceden de graves pecados y serios errores que han tenido enormes consecuencias históricas y que no se desvanecerán por sí mismos ni por medio de decretos arbitrarios. Hace falta dialogar sobre las diferencias de fondo con humildad, caridad, fortaleza y perseverancia, sin ceder a la tentación de construir precipitadamente una falsa unidad basada en un máximo común denominador de nuestras creencias respectivas.
La apertura al diálogo sólo resulta fecunda cuando implica a la vez un respeto firme y total de la identidad de cada una de las partes. No sería conducente un diálogo en el que una de las partes ocultase aspectos esenciales de su identidad por temor a una reacción negativa de las demás partes.

Querido amigo, querida amiga:
Si eres un cristiano no católico, ten la plena certeza de que los católicos te reconocemos y te amamos como un verdadero cristiano, un hermano en Cristo, aunque entendamos que tu comunión con la Iglesia de Cristo no es aún plena. Mientras dialogamos sobre las diferencias teológicas que existen todavía entre católicos, ortodoxos, anglicanos, protestantes, etcétera, no perdamos de vista que nos une una misma fe en la Santísima Trinidad y en la Encarnación del Hijo de Dios para nuestra salvación. Esforcémonos en trabajar juntos a favor de la defensa de todos los derechos humanos y de la promoción del desarrollo humano y social integral, según la verdad del Evangelio de Cristo. Sigamos el ejemplo de Jesucristo, quien nos enseña a orar a Dios, nuestro Padre común, para pedirle todo lo que necesitamos, especialmente que crezca la unidad de todos los cristianos en la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo.

Si eres católico o católica, recuerda que debes amar como hermanos en la fe a los cristianos que permanecen aún separados de la plena comunión con la Iglesia Católica. Si tienes oportunidad de tratar a cristianos evangélicos, pentecostales u otros no católicos, trata de practicar con ellos el espíritu del ecumenismo de la verdad y de la caridad, tal como éste es entendido en la doctrina católica. Trata de mejorar tu conocimiento de la Sagrada Escritura, a menudo demasiado pobre entre nosotros católicos. Evita caer en la tentación del indiferentismo: no es cierto que todas las Iglesias cristianas son iguales ante Dios y que es indiferente a cuál de ellas pertenezca uno siempre y cuando tenga buena voluntad. Pero evita también la tentación de la soberbia y del odio: eres cristiano, no por tus propios méritos, sino por la gracia de Dios, y debes ser en la Iglesia y en el mundo un signo de la infinita misericordia de Dios y de la reconciliación entre Dios y los hombres en Cristo Jesús, el único Salvador del mundo

Por la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, ruego al Espíritu Santo que haga arder en nuestros corazones el deseo de la comunión plena de todos los cristianos en la única Iglesia de Cristo y que nos guíe día tras día hasta esa unidad completa.
Damos fin al programa Nº 7 de “Verdades de Fe” y nos despedimos hasta el próximo martes a las 21:30. Que Dios los bendiga día tras día.

Daniel Iglesias Grèzes
25 de abril de 2006.

05 marzo 2006

Programa Nº 6: El aborto

Muy buenas noches. Damos inicio al sexto programa de “Verdades de Fe”.
Les habla Daniel Iglesias. Estaré dialogando con ustedes hasta las 22:00. Agradezco la generosa colaboración del Diácono Jorge Novoa, quien nos acompaña hoy.
Este programa se transmite por Radio María Uruguay desde Florida y Melo, y por Internet en http://www.radiomaria.org.uy/. Puedes enviarnos tus comentarios, sugerencias o críticas al teléfono 0352 0535 o al mail info.ury@radiomaria.org.
Nuestro programa de hoy estará dedicado al delito del aborto.
Escuchemos lo que nos enseña al respecto el número 470 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica:
“¿Qué prohíbe el quinto mandamiento?
El quinto mandamiento prohíbe, como gravemente contrarios a la ley moral:
el homicidio directo y voluntario y la cooperación al mismo;
el aborto directo, querido como fin o como medio, así como la cooperación al mismo, bajo pena de excomunión, porque el ser humano, desde el instante de su concepción, ha de ser respetado y protegido de modo absoluto en su integridad;
la eutanasia directa…;
el suicidio y la cooperación voluntaria al mismo…”
La doctrina católica sobre el aborto es muy clara: el aborto es un homicidio, un delito abominable, un desorden moral particularmente grave, porque quita el derecho a la vida al más débil e indefenso de los seres humanos. Esta condena del aborto voluntario se refiere igualmente a todas las formas de aborto: aborto quirúrgico, aborto químico, etcétera. Pero cabría preguntarse lo siguiente: ¿cuál debe ser la actitud del Estado ante el aborto? La ley civil no puede ni debe penalizar todos los actos moralmente desordenados (por ejemplo, todos los actos impuros o todas las mentiras). ¿No sería conveniente que la ley civil permita el aborto, aunque la ley moral lo condene?
La doctrina católica da una respuesta firme también a esta cuestión: si bien es cierto que hay una distinción entre el orden legal y el orden moral, también debe haber una conexión entre ambos. La ley civil debe garantizar los derechos naturales del hombre. El derecho a la vida es el primero de los derechos humanos, porque es la condición necesaria para el ejercicio de todos los demás derechos. Si la ley civil no defiende siquiera este derecho básico, todo el edificio de los derechos humanos se desmorona y queda sujeto al arbitrio humano, a la dictadura de la mayoría y a la ley del más fuerte. Por eso es éticamente obligatorio que la ley civil prohíba y penalice el aborto. Lejos de ser un derecho, el aborto es un triste fenómeno que contribuye fuertemente a la difusión de una mentalidad contraria a la vida y amenaza peligrosamente a la convivencia social justa y democrática.
En el pasado período de gobierno hubo un fuerte intento de legalización del aborto en el Uruguay y se autorizó la venta de un medicamento que es utilizado a menudo con fines abortivos. El proyecto de ley denominado eufemísticamente "de Defensa de la Salud Reproductiva", que finalmente fue rechazado por el Senado, establecía una completa libertad de abortar dentro de las primeras doce semanas de embarazo, prácticamente por la sola voluntad de la madre. Dejando de lado otros aspectos negativos de este proyecto de ley (como por ejemplo la absoluta desestimación del rol del padre y la falta de respeto a la objeción de conciencia individual e institucional), nos concentraremos en el núcleo del asunto, refutando cuatro de los argumentos favoritos de los partidarios de la legalización del aborto.

La objeción más común contra la ilegalidad del aborto está basada en la libertad de elección de la mujer. En los Estados Unidos, los proabortistas se presentan a sí mismos como “pro-choice”, o sea pro-elección. El argumento es el siguiente: Todo ser humano tiene derecho a disponer con absoluta libertad de su propio cuerpo. El embrión y el feto hasta las doce semanas de embarazo son parte del cuerpo de la mujer embarazada. Por lo tanto la mujer embarazada tiene derecho a disponer con absoluta libertad del embrión y del feto hasta las doce semanas de embarazo.
Las dos premisas de este silogismo son falsas, por lo cual el razonamiento carece de validez.
En primer lugar, el ser humano no siempre tiene derecho a disponer libremente de su propio cuerpo. Por ejemplo: tiene derecho a hacerse extirpar el apéndice en caso de apendicitis, pero no tiene derecho a amputarse una oreja por puro capricho. La premisa en cuestión procede de una ideología individualista radical, que aplica al propio cuerpo la falsa noción de un derecho absoluto a la propiedad privada, no sujeto a ninguna obligación moral interpersonal.
En segundo lugar, desde el siglo pasado es una verdad evidente desde el punto de vista científico que el embrión (o el feto) no es nunca una parte del cuerpo de la mujer embarazada, sino que desde el mismo momento de su concepción es un ser humano distinto del padre y de la madre. El embrión no es un ser humano en potencia sino un ser humano en acto (embrionario en acto y adulto en potencia). Si alguien duda todavía de esta evidente verdad biológica, le recomendamos que piense en la (inmoral pero real) fecundación in vitro: si el embrión concebido naturalmente es parte del cuerpo de la madre, el embrión concebido in vitro, ¿de quién es parte? ¿De la probeta o del congelador? Y si el embrión (luego feto) es un ser humano, necesariamente es también una persona humana y tiene toda la dignidad y los derechos que le corresponden a cualquier persona humana.

Una objeción cada vez más frecuente contra la ilegalidad del aborto está basada en el riesgo sanitario de los abortos clandestinos. Ahora el falso argumento es el siguiente: La ley debe minimizar a toda costa los riesgos sanitarios que correrán las mujeres que decidan someterse a abortos. La ilegalidad del aborto impulsa a las mujeres a someterse a abortos clandestinos en condiciones de riesgo, lo cual provoca muchas muertes entre ellas. Por lo tanto, se debe legalizar el aborto para evitar las muertes de mujeres que se someten a abortos clandestinos.
También las dos premisas de este silogismo son falsas, por lo cual el razonamiento es inválido.
En primer lugar, el fin supremo perseguido por la ley es el establecimiento de un orden social justo, no la minimización a cualquier precio de los riesgos que correrán las personas que decidan llevar a cabo actos homicidas, aun con peligro de su propia vida. Si bien el aborto clandestino puede ser algo peligroso para la madre, el aborto legal es letal para su hijo. Recordemos siempre que el hijo es un ser humano inocente y que no corresponde tratarlo como un injusto agresor. Aplicando análogamente la premisa en cuestión a otros delitos llegaríamos a conclusiones absurdas. Por ejemplo, habría que proponer la legalización de los robos para evitar los riesgos a los que se exponen los ladrones en sus esporádicos enfrentamientos con los policías. Además, es evidente que la legalización del aborto implicaría un aumento importante de la cantidad de abortos y por lo tanto de la cantidad de mujeres víctimas de las consecuencias negativas del aborto, entre las cuales sobresale la depresión post-aborto. Así, muy probablemente el aumento de los suicidios superaría a la posible disminución de las muertes por complicaciones sobrevinientes a abortos clandestinos.
En segundo lugar, lo que determina a algunas mujeres a someterse al riesgo de los abortos clandestinos no es la ley que prohíbe el aborto sino su libre decisión de matar a los hijos que llevan en su seno. Además, aunque la muerte de mujeres como consecuencia de abortos clandestinos es una realidad muy lamentable, la incidencia de esta causa de muerte es muy baja en términos cuantitativos (la cantidad total varía entre 0 y 10 muertes por año en el Uruguay), lo cual lleva a pensar que la mayoría de los abortos clandestinos no se realiza en condiciones de riesgo. Por último, no es seguro que la legalización del aborto produzca una disminución del número de abortos clandestinos. Muchas clases de mujeres seguirían recurriendo a abortos clandestinos: las extranjeras, las menores que no logren la aprobación de sus padres, las mujeres que no quieran dejar un registro de su aborto, las mujeres con más de doce semanas de embarazo, etcétera. La aplicación coherente de este argumento proabortista debería conducir a eliminar también estas últimas restricciones legales, permitiendo el "turismo con fines abortivos", la realización de abortos a menores sin consentimiento de sus padres, la eliminación de los registros de abortos legales, la legalización del aborto hasta el último día del embarazo, etcétera. El absurdo de estas consecuencias demuestra el absurdo de la premisa de la cual ellas derivan.
Ahora haremos unos minutos de pausa para escuchar música.

INTERVALO MUSICAL

Continuamos la transmisión de “Verdades de Fe”. Este programa se transmite por Radio María Uruguay, desde Florida y Melo. Los oyentes pueden plantearnos sus consultas, dudas y comentarios llamando por teléfono al 0352 0535 o enviando un mail a info.ury@radiomaria.org.
Nuestro programa de hoy está dedicado al delito del aborto. Ya hemos refutado los argumentos contra la ilegalidad del aborto basados en la libertad de elección de la mujer y en el riesgo sanitario de los abortos clandestinos. En esta segunda parte refutaremos los argumentos basados en la supuesta aceptación generalizada del aborto y en la laicidad del Estado.

El tercer argumento proabortista que analizaremos está basado en la supuesta aceptación generalizada del aborto. Este falso argumento discurre así: No se debe considerar ilegal ninguna práctica generalizada y aceptada por la sociedad. El aborto es una práctica generalizada y aceptada por la sociedad. Por lo tanto, se debe legalizar el aborto.
Las dos premisas de este silogismo son falsas, por lo cual el razonamiento carece de validez.
En primer lugar, el hecho de que una práctica delictiva esté muy extendida en una sociedad o incluso de que sea aceptada por la mayoría de la población no implica necesariamente que se deba despenalizarla ni mucho menos que se deba legalizarla. Piénsese por ejemplo en el contrabando o los robos en pequeña escala y en los sobornos en determinados ámbitos; si en estos casos no se puede aplicar la premisa mayor de este argumento, menos aún es posible hacerlo en el caso del aborto, que es un delito mucho más grave, porque atenta contra el primero de los derechos humanos, el derecho a la vida. En una sociedad democrática los derechos humanos no nacen ni mueren por el voto de la mayoría sino que son inherentes a la naturaleza humana. La tarea del Estado democrático no es crear los derechos humanos sino simplemente reconocerlos, defenderlos y promoverlos. Una ley positiva que violara estos derechos sería inconstitucional e inválida.
En segundo lugar, el aborto no cuenta con una aceptación generalizada en el Uruguay. A veces las personas pro-vida han caído en el error de aceptar la validez de estadísticas adulteradas sobre el aborto. Es necesario subrayar que en todo el mundo los proabortistas habitualmente manejan estadísticas de abortos muy exageradas, fraguadas para crear la falsa impresión de que la gran mayoría de las mujeres recurre al aborto en algún momento de sus vidas y de que la legalización del aborto no aumentaría la ya altísima cantidad de abortos. Los proabortistas suelen afirmar, sin ningún fundamento serio, que hay 50.000 o hasta 100.000 abortos quirúrgicos anuales en el Uruguay; estas cantidades son sencillamente absurdas, dado que Uruguay es un país de 3,3 millones de habitantes con una población bastante envejecida. Otra estrategia habitual de los proabortistas en todo el mundo es recurrir a encuestas sesgadas para hacer creer que la gran mayoría de la población está de acuerdo con una legalización total del aborto, cuando en realidad la mayoría se opone totalmente al aborto o bien lo acepta sólo en casos relativamente poco frecuentes (riesgo de muerte de la madre, malformación del feto, violación). Recordemos que una ley vigente en Uruguay desde hace 70 años ya permite (desgraciadamente) la no penalización del aborto en esos casos concretos.
A partir de estas falsas estadísticas y encuestas, los proabortistas concluyen que reprimir el aborto es una tarea imposible y una hipocresía, porque quienes lo condenan en público supuestamente lo practican en privado. Todo esto es radicalmente falso: si se quiere, el aborto puede ser combatido eficazmente combinando la educación (sobre todo "del lado de la demanda") y la represión (sobre todo "del lado de la oferta"). Los padres y madres que consienten en provocar un aborto son culpables, aunque a veces tienen atenuantes (por ejemplo, la ignorancia sobre la naturaleza homicida del aborto); pero mucho más culpables que ellos son los médicos que lucran con un negocio infame, pervirtiendo su noble profesión. También tienen su parte de responsabilidad los poderes del Estado, que por omisión dejan actualmente impunes la mayoría de esos crímenes.

La última objeción contra la ilegalidad del aborto que analizaremos está basada en la laicidad del Estado. Esta vez el falso argumento tiene la siguiente forma: En un estado laico no debe haber leyes fundadas en dogmas religiosos. La ley que prohíbe y penaliza el aborto está fundada en los dogmas de la fe católica. Por lo tanto, en un estado laico se debe despenalizar y legalizar el aborto.
La premisa menor de este silogismo es falsa, por lo cual el razonamiento carece de validez.
Habría mucho para decir acerca de la premisa mayor, donde se afirma que en un estado laico no debe haber leyes fundadas en dogmas religiosos, pero hoy no podemos detenernos en ella. Nos bastará decir lo siguiente: la Constitución de la República Oriental del Uruguay establece que el Estado no profesa religión alguna. No es lícito identificar la no confesionalidad del Estado (compatible con una alta valoración del fenómeno religioso en general y de las raíces católicas de nuestra Patria y de nuestra civilización en particular) con un laicismo militante y hostil a la religión, que procura suprimir su influencia en los asuntos públicos y reducirla a una esfera puramente privada. El dualismo esquizofrénico de muchos laicistas que pretenden establecer un abismo entre las dimensiones pública y privada de la persona proviene de una falsa antropología que no toma en serio la unidad radical del ser humano ni su índole social: El hombre es siempre inseparablemente individuo y miembro de la sociedad; y se manifiesta ineludiblemente como lo que es. Con esta importante salvedad podemos dejar pasar provisionalmente esta premisa mayor y concentrarnos en la menor, lo cual será suficiente a nuestros efectos.
Es necesario reconocer que la ley que prohíbe y penaliza el aborto no está fundada en los dogmas de la fe católica, sino en el orden moral objetivo, que todo ser humano (cualquiera que sea su religión) puede conocer por medio de la recta razón. Otra de las estrategias favoritas de los proabortistas es la de "confesionalizar" el debate sobre el aborto, catalogando a los antiabortistas como católicos intolerantes, que pretenden imponer sus creencias religiosas al resto de la sociedad. Esto representa una profunda tergiversación del debate. La oposición católica a la legalización del aborto no brota únicamente de dogmas religiosos sino ante todo de dos verdades evidentes: una verdad científica (el embrión humano es un ser humano desde su concepción) y una verdad moral (no se debe matar a ningún ser humano inocente), ambas compartibles por personas no católicas y de hecho compartidas por muchas de ellas. Para reconocer la inmoralidad del aborto no es necesario profesar la fe cristiana, sino que basta reconocer la ley moral natural inscrita en la conciencia de cada hombre, uno de cuyos preceptos fundamentales es amar y respetar la vida humana. Los católicos tienen tanto derecho y tanto deber como cualquier otro ciudadano de combatir la gravísima injusticia del aborto. El hecho de que además su propia fe religiosa los impulse a reconocer a los niños no nacidos no sólo como animales racionales sino también como seres creados a imagen y semejanza de Dios y llamados a ser hijos de Dios, no suprime en modo alguno la racionalidad de sus argumentos antiabortistas sino que la complementa y perfecciona. Pensar lo contrario equivaldría a sostener que un católico, por el mismo hecho de ser católico, queda incapacitado para intervenir en los debates políticos acerca de cualquier asunto con profundas implicaciones éticas. Si alguno de los proabortistas tiene ese prejuicio anticatólico, que se sincere y se anime a expresarlo públicamente.

Pasemos ahora a un terreno práctico, el del servicio del cristiano en la política. Escuchemos lo que nos enseña al respecto el número 570 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia:
“Cuando en ámbitos y realidades que remiten a exigencias éticas fundamentales se proponen o se toman decisiones legislativas y políticas contrarias a los principios y valores cristianos, el Magisterio enseña que “la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral.”
En el caso de que no haya sido posible evitar la puesta en práctica de tales programas políticos, o impedir o abrogar tales leyes, el Magisterio enseña que un parlamentario, cuya oposición personal a las mismas sea absoluta, clara, y de todos conocida, podría lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de dichas leyes y programas, y a disminuir sus efectos negativos en el campo de la cultura y de la moralidad pública. Es emblemático al respecto el caso de una ley abortista. Su voto, en todo caso, no puede ser interpretado como adhesión a una ley inicua, sino sólo como una contribución para reducir las consecuencias negativas de una resolución legislativa, cuya total responsabilidad recae sobre quien la ha procurado.
Téngase presente que, en las múltiples situaciones en las que están en juego exigencias morales fundamentales e irrenunciables, el testimonio cristiano debe ser considerado como un deber fundamental que puede llegar incluso al sacrificio de la vida, al martirio, en nombre de la caridad y de la dignidad humana.
La historia de veinte siglos, incluida la del último, está valiosamente poblada de mártires de la verdad cristiana, testigos de fe, de esperanza y de caridad evangélicas. El martirio es el testimonio de la propia conformación personal con Cristo Crucificado, cuya expresión llega hasta la forma suprema del derramamiento de la propia sangre, según la enseñanza evangélica: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”.”

Querido amigo, querida amiga:
Si eres culpable de haber cometido uno o más abortos o de haber cooperado en ellos, arrepiéntete de tu pecado, pero no caigas en la tentación de la desesperación. Jesucristo nos enseña que Dios es un Padre rico en misericordia, siempre dispuesto a perdonar. También nos enseña que todo pecado, incluso los más horribles, será perdonado, siempre y cuando el pecador se convierta, abriendo su corazón al amor y al perdón de Dios, y aprendiendo a amar y a perdonar a su vez a los demás. En este tiempo de Pascua, piensa que Jesucristo murió en la cruz por tus pecados y por los míos, para nuestra salvación, reconciliando a la humanidad caída con el Dios tres veces Santo.
Aunque nunca hayas tenido relación alguna con el crimen del aborto, no te quedes de brazos cruzados, en una actitud de auto-complacencia. El verdadero amor no tiene ningún límite superior. Siempre se puede hacer algo más por los demás. ¡Cuánto falta aún por hacer en el terreno de la educación moral de los adolescentes y los jóvenes! ¡Cuánto más se podría hacer para brindar apoyo material y espiritual a las madres solteras o a los matrimonios que sienten la tentación de acabar con la vida del hijo que han concebido! En estos emprendimientos los católicos pueden cooperar con muchas personas no católicas de buena voluntad, que reconocen la vigencia del orden moral objetivo.
Si eres católico, recuerda que tienes la obligación moral de que tu compromiso político sea acorde con la doctrina católica. No seas incoherente. No des o no vuelvas a dar tu voto a partidos, sectores o candidatos que apoyen la legalización del aborto. Infórmate bien acerca de las distintas propuestas políticas y ten muy en cuenta las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia a la hora de decidir tu voto en conciencia. En la medida de tus posibilidades, participa activamente como ciudadano en los asuntos públicos, procurando que el derecho a la vida y todos los derechos del hombre y de la familia sean respetados en toda circunstancia. Por la intercesión de la Virgen María, Madre del Redentor, ruego a Dios que crezca en ti el empeño por defender y promover el derecho a la vida de todos los seres humanos, desde la concepción hasta la muerte.
Damos fin al sexto programa de “Verdades de Fe” y nos despedimos hasta el próximo martes a las 21:30. Que Dios los bendiga día tras día.

Daniel Iglesias Grèzes
18 de abril de 2006.

02 marzo 2006

Programa Nº 5: La Santísima Trinidad

Muy buenas noches. Damos inicio al quinto programa de “Verdades de Fe”.
Les habla Daniel Iglesias. Estaré dialogando con ustedes hasta las 22:00. Agradezco la generosa colaboración del Diácono Jorge Novoa, quien nos acompaña hoy.
Este programa se transmite por Radio María Uruguay desde Florida y Melo, y por Internet en www.radiomaria.org.uy. Puedes enviarnos tus comentarios, sugerencias o críticas al teléfono 0352 0535 o al mail info.ury@radiomaria.org.

Nuestro programa de hoy estará dedicado a la Santísima Trinidad.
Escuchemos lo que el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, números 43 al 49, nos enseña acerca de este misterio de la fe.
“¿Cuál es el misterio central de la fe y de la vida cristiana?
El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
¿Puede la razón humana conocer, por sí sola, el misterio de la Santísima Trinidad?
Dios ha dejado huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento, pero la intimidad de su ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo. Este misterio ha sido revelado por Jesucristo y es la fuente de todos los demás misterios.
¿Qué nos revela Jesucristo acerca del misterio del Padre?
Jesucristo nos revela que Dios es “Padre”, no sólo en cuanto es Creador del universo y del hombre sino, sobre todo, porque engendra eternamente en su seno al Hijo, que es su Verbo, “resplandor de su gloria e impronta de su sustancia”.
¿Quién es el Espíritu Santo, que Jesucristo nos ha revelado?
El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo; “procede del Padre”, que es principio sin principio y origen de toda la vida trinitaria. Y procede también del Hijo, por el don eterno que el Padre hace al Hijo. El Espíritu Santo, enviado por el Padre y por el Hijo encarnado, guía a la Iglesia hasta el conocimiento de la “verdad plena”.
¿Cómo expresa la Iglesia su fe trinitaria?
La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
¿Cómo obran las tres divinas Personas?
Inseparables en su única substancia, las divinas Personas son también inseparables en su obrar: la Trinidad tiene una sola y misma operación. Pero en el único obrar divino, cada Persona se hace presente según el modo que le es propio en la Trinidad."


Con respecto a la Santísima Trinidad, los tres principales errores teológicos que es posible cometer son los siguientes:
• Un primer error es el triteísmo. Consiste en considerar que las tres personas divinas son tres sustancias divinas diferentes, o sea tres dioses. El triteísmo es evidentemente contrario a la razón filosófica (que demuestra la unicidad de Dios) y al monoteísmo bíblico. El cristianismo es una religión tan monoteísta como el judaísmo y el islamismo, pero con una noción de Dios mucho más rica. Actualmente el error del triteísmo se da en la religión de los mormones.
• Un segundo error es el subordinacionismo. Consiste en considerar que sólo el Padre es Dios, mientras que el Hijo y el Espíritu Santo son criaturas excelsas, pero no divinas en sentido propio. El subordinacionismo fue sostenido en el siglo IV por herejes como Arrio y Macedonio y se da actualmente en la religión de los testigos de Jehová.
• Un tercer error es el modalismo. Consiste en considerar que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres modos de manifestación de Dios en la historia de salvación, pero que al interior de Dios existe una sola persona, el Padre. El modalismo fue sostenido en el siglo III por Sabelio y otros herejes. Actualmente este error, más sutil que los otros dos, es poco frecuente.
Estos tres grandes errores teológicos tienen un origen común: el intento de dominar racionalmente el misterio de Dios lleva a aceptar algunos de sus aspectos y a rechazar otros. Así la teología se vuelve más comprensible, pero se traiciona el misterio de Dios revelado por Cristo.

Desarrollaremos nuestro tema de hoy en dos grandes partes:
• En la primera parte demostraremos que el dogma trinitario no es irracional.
• En la segunda parte demostraremos que el dogma trinitario está contenido en la Divina Revelación transmitida en la Biblia.

Una primera objeción contra el dogma católico de la Santísima Trinidad consiste en afirmar que es irracional, porque es absurdo pensar que tres seres son un solo ser.
Esta acusación de irracionalidad contra el dogma trinitario proviene de una grave incomprensión. Es obvio que tres es distinto de uno. El dogma trinitario sería efectivamente irracional si dijera que tres seres distintos son un mismo ser, o que tres es igual a uno; pero no dice eso, sino que hay una única substancia, esencia o naturaleza divina (un solo Dios) y tres subsistencias, hipóstasis o personas divinas (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). Si "esencia divina" fuera sinónimo de "persona divina", la objeción sería correcta; pero como no lo es, se trata de un simple error.
El concepto de "esencia divina" responde a la pregunta "¿Qué es Dios?" Dios es el Ser absoluto, necesario, infinito, perfectísimo, simplicísimo... Estos atributos y otros semejantes pertenecen a la única esencia divina.
En cambio el concepto de "persona divina" responde a la pregunta "¿Quién es Dios?" El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Dios, pero no son tres dioses, sino un solo Dios. Las tres personas divinas son lo mismo (Dios), pero lo son de tal modo que no son el mismo: el Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo, el Hijo no es el Padre ni el Espíritu Santo, el Espíritu Santo no es el Hijo ni el Padre.
La única sustancia divina subsiste en tres distintas "subsistencias". Con una expresión un poco audaz, pero en el fondo justificable, podríamos decir que subsiste "de tres maneras distintas", como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. Las tres personas divinas tienen todo en común, salvo sus relaciones de origen (o de oposición):
• Paternidad: el Padre engendra eternamente al Hijo.
• Filiación: el Hijo es engendrado eternamente por el Padre.
• Espiración activa: el Padre y el Hijo espiran eternamente el Espíritu Santo.
• Espiración pasiva: el Espíritu Santo es espirado eternamente por el Padre y el Hijo.
Estas relaciones de origen (salvo la espiración activa, que corresponde a dos personas) constituyen las tres personas divinas. De acuerdo con esto, el Padre se caracteriza también por ser el origen sin origen de las otras dos personas divinas.
La vida íntima de la Trinidad es una incesante danza de amor infinito. El Padre entrega eternamente al Hijo toda su sustancia divina. El Hijo le responde entregándole a su vez todo su ser divino (igual al del Padre). El amor del Padre y del Hijo es fecundo; es la persona-don, el Espíritu Santo.
Es importante notar que el concepto de "persona", aplicado a las personas divinas y a las personas humanas, tiene un sentido analógico, no unívoco. Si pensáramos que en el dogma trinitario la palabra "persona" tiene exactamente el mismo sentido que en el lenguaje moderno, afirmaríamos la existencia de tres individuos divinos, cada uno con su conciencia, su inteligencia y su voluntad separadas y así caeríamos en el absurdo del triteísmo. Por eso hoy es más necesario que nunca que los cristianos no nos limitemos a repetir las formulaciones tradicionales del dogma trinitario, sino que intentemos explicarlas, manteniendo su sentido.

Una segunda objeción contra el dogma trinitario está basada en el principio de identidad comparada: si A es C y B es C, entonces A es B. Si el Padre es Dios y el Hijo es Dios, entonces el Padre es el Hijo y el dogma trinitario es falso (dicen los antitrinitarios).
Esta segunda objeción es más sutil que la primera, pero también es errónea.
Hay tres clases de identidades:
• la identidad real y conceptual, como entre "hombre" y "animal racional";
• la identidad conceptual pero no real, como entre "triángulo" y "polígono de tres lados";
• la identidad real pero no conceptual, como entre "un hombre" y "mi padre".
El principio de identidad comparada tiene validez general cuando las tres identidades consideradas son identidades reales y conceptuales y también cuando las tres son sólo conceptuales. El primer caso se presenta por ejemplo cuando A, B y C son tres realidades absolutas. Esta segunda objeción contra la Trinidad sería correcta si las frases "el Padre es Dios", "el Hijo es Dios" y “el Espíritu Santo es Dios” plantearan identidades entre realidades absolutas; pero no es así, porque en Dios hay una única realidad absoluta (la sustancia divina) y tres realidades relativas (las personas divinas, constituidas por sus relaciones opuestas). Si consideráramos a las personas divinas como realidades absolutas, afirmaríamos la existencia, no de la Trinidad, sino de una herética "cuaternidad" en Dios.
Por la revelación sabemos que entre cada una de las personas divinas y la sustancia divina existe identidad real y distinción conceptual y que entre las personas divinas existe distinción real y conceptual (más aún, oposición conceptual). Ahora bien, el principio de identidad comparada no tiene validez general cuando las identidades consideradas son reales pero no conceptuales. Podemos dar el siguiente contraejemplo tomado de la filosofía aristotélica: Sea A la acción, B la pasión y C el movimiento. Entre A y C y entre B y C hay identidad real pero no conceptual; pero entre A y B hay distinción real y oposición conceptual. Por lo tanto el principio de identidad comparada no es aplicable tampoco al caso de la Trinidad.
Ahora haremos unos minutos de pausa para escuchar música.

INTERVALO MUSICAL

Continuamos la transmisión de “Verdades de Fe”. Este programa se transmite por Radio María Uruguay, desde Florida y Melo. Los oyentes pueden plantearnos sus consultas, dudas y comentarios llamando por teléfono al 0352 0535 o enviando un mail a info.ury@radiomaria.org.
Nuestro programa de hoy está dedicado a la Santísima Trinidad. Ya hemos refutado los argumentos contra la racionalidad del dogma trinitario. En esta segunda parte probaremos que el dogma trinitario está contenido en la Sagrada Escritura.

Pero antes de eso dedicaremos un minuto a criticar la doctrina antitrinitaria de los testigos de Jehová. Esta secta enseña que el Hijo es un ser divino, pero no es Dios, sino el arcángel San Miguel, la principal creatura de Dios. Y también enseña que el Espíritu Santo no es una persona, sino la fuerza activa de Dios.
Como veremos luego, estas afirmaciones sobre el Hijo y el Espíritu Santo son contrarias a la revelación. Pero antes destacaremos que también son contrarias a la razón:
• Si el Hijo es verdaderamente un ser divino, entonces su esencia es la esencia divina y por lo tanto es Dios. La idea de un "ser divino distinto de Dios" es autocontradictoria.
• Si el Espíritu Santo es verdaderamente el Espíritu de Dios, entonces no puede ser una fuerza impersonal. Toda persona es espíritu y todo espíritu es persona. La idea de un "espíritu impersonal" es autocontradictoria.

En el contexto de la controversia con los testigos de Jehová, pasaremos ahora a probar que el dogma trinitario no es una doctrina inventada por hombres, sino que pertenece a la Divina Revelación y tiene fundamento en la Biblia. Procederemos de la siguiente manera:
• Daremos por supuestas las siguientes verdades, que también son aceptadas por los testigos de Jehová: la verdad de la Biblia en general y la unicidad de Dios y la divinidad del Padre en particular.
• Demostraremos con base en la Sagrada Escritura que Dios se manifiesta en la historia de salvación como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
• Concluiremos que Dios es en sí mismo Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Comenzaremos mostrando que Dios se manifiesta en la Biblia como Trinidad. Habría muchísimo para decir sobre esto, pero en bien de la brevedad nos limitaremos en un primer momento a señalar que el Nuevo Testamento contiene muchas fórmulas trinitarias. Haremos hincapié particularmente en dos de ellas:
• Mateo 28,19: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
• 2 Corintios 13,13: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros."
A esto los testigos de Jehová suelen responder que el hecho de que aparezcan las palabras “Padre”, “Hijo” y “Espíritu Santo” en una sola frase no significa que sean un solo Dios. No toman en cuenta que no se trata de frases cualesquiera. El primer texto citado es precisamente el final del Evangelio de Mateo. Cristo resucitado manda a sus discípulos ir por todo el mundo, predicar el evangelio a todos los pueblos y bautizarlos "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". Es inconcebible que en este final solemne, en esta fórmula que enseguida empezó a ser utilizada en la liturgia bautismal, se haya asociado a Dios con dos simples creaturas (como si dijéramos, en el nombre de Dios, de San Pedro y de San Pablo). Es muy claro que esta fórmula bautismal ubica al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en el mismo nivel. Los tres (evidentemente distintos entre sí) pertenecen igualmente a la realidad de Dios.
El segundo texto citado es precisamente el final de la segunda carta de San Pablo a los Corintios. Este solemne saludo paulino es semejante al texto anterior, puesto que sitúa en un mismo nivel (dentro de la realidad de Dios) los dones de las tres personas divinas: Dios (el Padre), el Señor Jesucristo (Dios Hijo) y el Espíritu Santo. Esta hermosa oración a la Trinidad es rezada en cada Santa Misa por el celebrante.

Es cierto que la Biblia no dice explícitamente que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios. La cita que suelen aducir algunos grupos protestantes fundamentalistas (1 Juan 5,7-8) no corresponde al texto auténtico, puesto que la mención de la Trinidad proviene de una interpolación tardía. Pero también es cierto que el dogma trinitario está contenido implícitamente en la Biblia. Hemos visto ya que en la revelación bíblica aparecen tres "personas" vinculadas a la realidad de Dios. No cabe ninguna duda de que el Padre es Dios. Probaremos ahora a partir del Nuevo Testamento que el Hijo es Dios y más adelante que el Espíritu Santo es Dios.

Dado que nuestro programa anterior estuvo dedicado al tema de la divinidad de Cristo, ahora volveremos a presentar nuestra argumentación sobre ese tema sólo en forma muy resumida. Hay muchas formas de demostrar la divinidad de Cristo. Por ejemplo, los milagros de Jesús proporcionan una perspectiva privilegiada para reconocer su divinidad. Sobre todo la resurrección de Jesús confirmó con testimonio divino su pretensión, expresada también en sus obras y palabras, de ser el portador absoluto de la salvación y de ser igual a Dios.
Ahora bien, ya que los testigos de Jehová creen en la inerrancia de la Biblia, el camino más simple en este caso es la prueba directa a partir de la Escritura. Los siguientes nueve textos del Nuevo Testamento afirman claramente que el Hijo es Dios: Juan 1,1; Juan 1,18; Juan 20,28; Romanos 9,5; Filipenses 2,5-11; Tito 2,13; Hebreos 1,8; 2 Pedro 1,1; Apocalipsis 1,8.
A fin de eludir las consecuencias dogmáticas de estos textos, los testigos de Jehová proponen nuevas traducciones o nuevas interpretaciones del texto sagrado. En lo que respecta a sus traducciones, hay un amplio consenso entre los expertos acerca de que la versión de la Biblia utilizada por los testigos de Jehová ha introducido muchas adulteraciones y tergiversaciones del texto bíblico, para tratar de ocultar las discordancias entre éste y la doctrina de la secta. En cuanto a su exégesis, cabe subrayar que los testigos de Jehová interpretan la Biblia fuera de toda la Tradición de la Iglesia, guiados únicamente por las autoridades de la secta, las cuales desde Charles Russell en adelante se han considerado a sí mismas (sin ningún fundamento) como únicos intérpretes autorizados de la Palabra de Dios.

Pasando ahora al tema del Espíritu Santo, diremos lo siguiente:
• La divinidad del Espíritu Santo se manifiesta por ejemplo en 1 Corintios 2,10: "el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios". Esto es algo que sólo Dios puede hacer.
• La personalidad del Espíritu Santo se manifiesta por ejemplo en Hechos 15,28: "hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables". Sólo las personas pueden tomar decisiones, no los entes impersonales.
• Según Juan 14,16, el Espíritu Santo es el "otro Paráclito" enviado por el Padre. Si el primer Paráclito (el Hijo) es una persona divina, como hemos demostrado, el segundo también lo es.
En conclusión: Dios se manifiesta en la historia de salvación como Padre, Hijo y Espíritu Santo (tres personas divinas y un solo Dios vivo y verdadero). Esto implica necesariamente que Dios es en Sí mismo Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque de lo contrario no habría verdadera autorrevelación y autocomunicación de Dios al hombre. Inversamente, si Dios, que es eternamente Padre, Hijo y Espíritu Santo, decide libremente manifestarse en la historia, necesariamente debe manifestarse como lo que Él es en Sí mismo: el Dios Uno y Trino.

Querido amigo, querida amiga:
Si nuestro tema de hoy te ha parecido demasiado difícil, te conviene recordar que hemos hablado nada menos que del sublime misterio de Dios. Y Dios es el misterio absoluto, en última instancia incomprensible. Debemos reconocer que el dogma trinitario (como todos los demás dogmas cristianos) no contiene ni implica ninguna irracionalidad, ninguna contradicción. Pero el misterio de la Santísima Trinidad sí es suprarracional, porque no puede ser comprendido plenamente por nuestras inteligencias finitas. Si no fuera así, no se trataría del misterio de Dios.
Hemos visto que el dogma de la Santísima Trinidad pertenece a la revelación de Dios en Cristo. Si alguien no cree en la Santísima Trinidad, no es cristiano (objetivamente hablando).
Te invito a seguir leyendo y estudiando la Biblia con frecuencia para conocer cada vez más el misterio de Dios, que en Cristo se nos ha manifestado como Amor infinito. Ruego a Dios que, por la intercesión de la Virgen María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Templo del Espíritu Santo, aumente en ti la fe en la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en la única substancia divina.
Damos fin al quinto programa de “Verdades de Fe” y nos despedimos hasta el próximo martes a las 21:30. Que Dios los bendiga día tras día.

Daniel Iglesias Grèzes
11 de abril de 2006.

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