24 mayo 2006

Programa Nº 13: El año litúrgico

Buenas noches. Les habla Daniel Iglesias. Damos inicio al programa Nº 13 de “Verdades de Fe”, transmitido por Radio María Uruguay desde Florida, Melo y Tacuarembó y también a través de Internet. Pueden enviarnos sus comentarios o consultas al teléfono (035) 20535 o al mail info.ury@radiomaria.org. Estaré con ustedes hasta las 22:00.
El programa de hoy estará referido al año litúrgico. Dado que el tema es muy amplio, acentuaremos sobre todo algunos de sus aspectos, no necesariamente los más importantes.

A modo de introducción citaremos algunos textos del Catecismo de la Iglesia Católica sobre el año litúrgico. En su número 1163, el Catecismo nos enseña lo siguiente:
"La santa Madre Iglesia considera que es su deber celebrar la obra de salvación de su divino Esposo con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año. Cada semana, en el día que llamó `del Señor´, conmemora su resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua. Además, en el ciclo del año desarrolla todo el misterio de Cristo... Al conmemorar así los misterios de la redención, abre la riqueza de las virtudes y los méritos de su Señor, de modo que se los hace presentes en cierto modo, durante todo tiempo, a los fieles para que los alcancen y se llenen de la gracia de la salvación."
Escuchemos ahora el número 1168 del Catecismo de la Iglesia Católica:
"A partir del `Triduo pascual´, como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la resurrección llena todo el año litúrgico con su resplandor. De esta fuente, por todas partes, el año entero queda transfigurado por la Liturgia. Es realmente `año de gracia del Señor´. La economía de la salvación actúa en el marco del tiempo, pero desde su cumplimiento en la Pascua de Jesús y la efusión del Espíritu Santo, el fin de la historia es anticipado, como pregustado, y el Reino de Dios irrumpe en el tiempo de la humanidad."
Por último citaremos el número 1171 del Catecismo:
"El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual. Esto vale muy particularmente para el ciclo de las fiestas en torno al misterio de la Encarnación (Anunciación, Navidad, Epifanía), que conmemoran el comienzo de nuestra salvación y nos comunican las primicias del misterio de Pascua."

A continuación haremos una breve reflexión sobre el tiempo litúrgico de Adviento.
El año litúrgico comienza con el tiempo de Adviento, que abarca cuatro domingos y constituye la preparación inmediata para la gran fiesta de Navidad. El Adviento es un tiempo de esperanza, durante el cual los cristianos esperamos a Cristo, que vino, viene y vendrá.
· Cristo vino: En el Adviento recordamos y celebramos la primera venida de Cristo, ocurrida históricamente hace dos mil años. Él es el Salvador anunciado por los profetas, el Mesías esperado por el pueblo de Israel durante muchos siglos. En Cristo se cumplieron sobradamente todas las promesas hechas por Dios en el tiempo de la Antigua Alianza. La venida del Salvador fue posible debido al sí de María a la voluntad de Dios. Ella también tuvo que esperar la venida de su hijo Jesús, durante los nueve meses en que lo llevó en su seno virginal.
· Cristo viene: Jesús prometió a sus discípulos que estaría con ellos hasta el fin de los tiempos. Desde su Ascensión Él no está visiblemente con nosotros, pero nos dejó el Espíritu Santo, que habita en nosotros como en un templo, nos recuerda todas las enseñanzas de Jesús y nos guía hasta la verdad completa. Además Jesucristo se hace presente continuamente de muchas maneras en la vida de cada cristiano y de la Iglesia, particularmente por medio de la Sagrada Escritura y de los siete sacramentos, y sobre todo en la Sagrada Eucaristía, el gran sacramento del amor divino. Como el antiguo Israel, la Iglesia debe vivir poniendo su confianza en la Palabra de Dios; y, como María, el cristiano debe hacer siempre la voluntad de Dios: así recibe en su corazón a Cristo, que viene a él cada día y lo transforma a semejanza Suya.
· Cristo vendrá: Cristo vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin. Creemos en la primera venida de Cristo y esperamos su segunda venida; y mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Redentor, debemos mantenernos siempre vigilantes y dar frutos de justicia y santidad. Así podemos esperar, confiando en la misericordia de nuestro Padre Dios, ser contados entre los elegidos en el día del juicio final.
En el Adviento, la meditación sobre el misterio de la encarnación de Dios eterno en la historia de los hombres nos impulsa a una progresiva apertura a la gracia de Cristo, que viene a nuestro encuentro cada día y nos prepara para el abrazo definitivo con Él en la gloria.

Después del tiempo de Adviento viene el tiempo de Navidad. Dejando de lado la fiesta de Navidad, por ser más conocida, dedicaremos ahora nuestra atención a la fiesta de la Epifanía, que forma parte del ciclo de la Navidad.
El día 6 de enero la Iglesia celebra la Epifanía, que recuerda la adoración de los Reyes Magos al niño Jesús. El Evangelio según San Mateo es el único que narra este episodio:
"Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: "¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo"... Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra." (Mateo 2,1-12).
La Epifanía es como un corolario de la Navidad. El niño Jesús no es solamente el Hijo de David, el Mesías Salvador que Israel esperaba; es también el Hijo de Dios hecho hombre, cuya misión de salvación abarca a toda la humanidad. Por eso la Buena Noticia de su nacimiento es una luz que ilumina no sólo a los pastores de la región de Belén, sino también a unos magos de Oriente. Estos sabios de naciones paganas (probablemente astrólogos babilonios o persas), atraídos por el nacimiento de Jesús, se acercan a Él para rendirle homenaje. Los regalos de los magos al niño Jesús tienen significados simbólicos: reconocen su Realeza (oro) y su Divinidad (incienso) y prefiguran su Pasión (mirra).
La bella historia de los magos nos enseña que el ejercicio de las más nobles facultades humanas conduce a los hombres hacia un encuentro con Dios. Los magos eran hombres dedicados al estudio de los fenómenos celestes. Su ciencia era rudimentaria, pero su corazón estaba lleno de fe. La estrella proyectó luz en sus espíritus y suscitó en ellos la actitud creyente por excelencia: siguieron con gran esfuerzo la trayectoria de la estrella, no para aumentar sus conocimientos, sino para encontrar a Jesús y adorarlo.
"Epifanía" significa manifestación. A Dios nadie lo ha visto jamás; pero al llegar la plenitud de los tiempos, Él envió a su Hijo Unigénito para auto-revelarse y auto-comunicarse a los hombres. Jesucristo es la aparición de Dios en nuestra historia: es el Emmanuel ("Dios con nosotros"). La tarea de los cristianos es llevar a cabo la "Diafanía" de Dios, es decir transparentar la Luz de Cristo en el mundo.
Ahora haremos unos minutos de pausa para escuchar música.

INTERVALO MUSICAL

Continuamos la transmisión de “Verdades de Fe”. Este programa es transmitido por Radio María Uruguay desde Florida, Melo y Tacuarembó. Saludamos a todos nuestros oyentes y les recordamos que pueden plantearnos sus consultas y comentarios llamando al teléfono (035) 20535 o enviando un mail a info.ury@radiomaria.org.
Nuestro programa de hoy está dedicado al año litúrgico y a algunos de sus componentes. En la primera parte reflexionamos sobre el año litúrgico en general, sobre el Adviento y sobre la Epifanía. En esta segunda parte reflexionaremos sobre la Cuaresma y sobre la fiesta de Cristo Rey.
Después del tiempo de Navidad comienza el tiempo ordinario, con la fiesta del Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo. El tiempo ordinario abarca la mayor parte del año litúrgico y está dividido en dos grandes partes, separadas por el gran ciclo de la Cuaresma, la Semana Santa y el tiempo de Pascua.

Nos detendremos ahora a reflexionar sobre la Cuaresma.
El Miércoles de Ceniza (el día siguiente al Martes de Carnaval) comienza el tiempo litúrgico llamado Cuaresma. Se trata de un tiempo fuerte de oración, penitencia y conversión, que sirve como preparación para las festividades de la Semana Santa y en particular para la Pascua de Resurrección, la mayor fiesta del año litúrgico.
La Cuaresma debe su nombre a su duración: 40 días que van del Miércoles de Ceniza al Domingo de Ramos (día de comienzo de la Semana Santa). El número 40 tiene en la Biblia un importante significado simbólico: recuerda los 40 años de peregrinación del pueblo de Israel en el desierto del Sinaí, en camino hacia la Tierra Prometida; y recuerda también los 40 días y 40 noches que Jesús, después de su Bautismo, pasó en el desierto, ayunando y rezando a Dios, su Padre, a fin de prepararse para iniciar la fase final y pública de su misión de salvación.
La Cuaresma, por lo tanto, tiene relación con el desierto, ese lugar solitario y silencioso que invita a la introspección y simboliza la posibilidad y la necesidad que el ser humano tiene de escuchar la voz de Dios en lo profundo de su alma y de recibir en su corazón el amor de Dios. Para que la persona humana pueda dar un sentido absoluto a su vida es necesario que tenga un encuentro con Dios. Para que el cristiano pueda conservar y alimentar su fe debe mantener un diálogo perseverante con el Señor en la oración. Este diálogo se fortalece por medio de la atenta escucha de la Palabra de Dios, la cual nos interpela y cuestiona nuestra forma de vida.
La Cuaresma es un tiempo propicio para realizar un buen examen de conciencia, analizando qué cosas deben cambiar en nuestras vidas para que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios. En este tiempo la Iglesia nos recuerda con particular insistencia la llamada de Cristo a una conversión pronta y radical: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en la Buena Nueva." Esta llamada a la santidad y a la unidad con Dios ha sido recibida por cada cristiano en el sacramento del Bautismo. Esta vocación permanente es actualizada por medio de cada sacramento, en particular el sacramento de la Reconciliación, el cual, por la infinita misericordia divina, restaura la amistad con Dios, deteriorada o perdida por el pecado.
El ayuno que los católicos practicamos el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo y nuestra abstinencia de carne en los viernes de Cuaresma y el Viernes Santo son actos penitenciales. Su sentido es confirmar, mediante actos visibles, la voluntad interior de conversión a una vida de amor, que implica la renuncia al egoísmo y al mundo material entendido como un fin en sí mismo. Estos actos de sacrificio, lamentablemente poco comprendidos hoy en día, no deben transformarse en ritos vacíos. Sabemos con cuánta dureza los profetas de Israel y el mismo Jesucristo rechazaron la falsedad de una religión meramente externa, legalista y ritualista.
Vivamos pues la Cuaresma como un renovador encuentro con el Espíritu de Dios que nos santifica. Vivámosla con alegría, porque en ella la Iglesia nos anuncia una vez más la Buena Noticia del amor del Padre, manifestado en la persona de su Hijo Jesucristo y muy especialmente en su Pasión, Muerte y Resurrección. Y, abriendo nuestros corazones a la gracia de Dios, quien hace nuevas todas las cosas, convirtámonos en tierra apta para recibir y hacer crecer la semilla del Reino de Dios, produciendo abundantes frutos de justicia, unidad y paz.

Por último, salteándonos otros componentes más importantes y conocidos del año litúrgico, como las grandes fiestas de Pascua y Pentecostés, reflexionaremos brevemente sobre la fiesta de Cristo Rey.
Culminando el ciclo anual de las fiestas litúrgicas, en todo el mundo la Iglesia Católica celebra en el último domingo del año litúrgico la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. El aspecto del misterio de Cristo que se destaca en esta solemnidad es el expresado por estas palabras del Credo de Nicea y Constantinopla: "Y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin."
Las lecturas bíblicas de las semanas previas a esta solemnidad nos guían paso a paso hacia la contemplación de nuestro encuentro definitivo con Cristo Resucitado, Fin de la historia, por quien todo será transfigurado y reconducido hasta Dios Padre. La parábola del juicio final (Mateo 25,31-46) nos enseña que ese encuentro será también un juicio: Al final de nuestras vidas seremos examinados en el amor y entonces se pondrá de manifiesto si hemos permanecido fieles a Cristo, amando a Dios y a los hombres con el mismo amor de Cristo, que nos es regalado gratuitamente por Dios.
La Iglesia peregrina en la tierra vive en una situación paradójica: está en el mundo, pero no es del mundo. Mientras espera y ansía la unión consumada con su Rey en la gloria, ella es actualmente el Reino de Cristo en germen, misteriosamente presente en el mundo, y vive y crece por el poder de Dios. Contra el inmanentismo exacerbado de un mundo moderno encerrado en sí mismo, el cristiano ha de dar un testimonio permanente de la trascendencia de su esperanza en el Reino de Cristo, Reino de vida, verdad, justicia y paz.
Al final de esta breve reflexión, oremos a nuestro Padre celestial con las palabras de una de las oraciones de la Misa de la fiesta de Cristo Rey:
"Dios todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en Tu Hijo muy amado, Rey del Universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a Tu majestad y Te glorifique sin fin."

Como resumen y complemento de cuanto hemos dicho hasta aquí sobre la relación entre la liturgia y el tiempo, citaremos el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, números 241 al 243:
“¿Cuál es el centro del tiempo litúrgico?
El centro del tiempo litúrgico es el domingo, fundamento y núcleo de todo el año litúrgico, que tiene su culminación en la Pascua anual, fiesta de las fiestas.
¿Cuál es la función del año litúrgico?
La función del año litúrgico es celebrar todo el Misterio de Cristo, desde la Encarnación hasta su retorno glorioso. En días determinados, la Iglesia venera con especial amor a María, la bienaventurada Madre de Dios, y hace también memoria de los santos, que vivieron para Cristo, con Él padecieron y con Él han sido glorificados.
¿Qué es la Liturgia de las Horas?
La Liturgia de las Horas, oración pública y común de la Iglesia, es la oración de Cristo con su Cuerpo, la Iglesia. Por su medio, el Misterio de Cristo, que celebramos en la Eucaristía, santifica y transfigura el tiempo de cada día. Se compone principalmente de salmos y de otros textos bíblicos y también de lecturas de los santos Padres y maestros espirituales.”

Querido amigo, querida amiga:
El misterio de Dios revelado por Cristo es infinito y eterno, pero nosotros los seres humanos, destinatarios de esa revelación, somos seres finitos e históricos. Por eso sólo gradualmente podemos comprender ese misterio; también por eso necesitamos tiempo para celebrarlo. Al instituir el año litúrgico, la Iglesia tomó muy en cuenta esa condición humana. El año litúrgico nos ayuda a penetrar poco a poco en el misterio de Cristo, estimulándonos a detenernos cada semana del año en un aspecto distinto de ese misterio, para meditarlo y celebrarlo cada vez más a fondo. Así como el ciclo de las estaciones va marcando el paso del tiempo en el año solar, el ciclo de las fiestas litúrgicas va acompañando nuestro devenir en el año de la Iglesia. A lo largo de ese año litúrgico, las lecturas bíblicas que la Iglesia indica para cada día nos ayudan a apropiarnos cada vez de una parte distinta del inabarcable e inagotable tesoro de la Buena Noticia de la salvación en Cristo.
Te exhorto a participar en este ejercicio espiritual cotidiano que la Iglesia nos propone, leyendo y meditando las lecturas bíblicas de cada día con espíritu de oración, de humilde apertura a la Palabra de Dios.
Por la intercesión de la Virgen María, Madre Auxiliadora de los cristianos, ruego a Dios que año tras año vayamos introduciéndonos cada vez más profundamente, con amor y devoción, en la alegría y la paz que brota de la Pascua de Cristo, celebrada a lo largo del año litúrgico.
Damos fin al programa Nº 13 de “Verdades de Fe” y nos despedimos hasta el próximo martes a las 21:30. Que Dios los bendiga día tras día, a lo largo del año cristiano.

Daniel Iglesias Grèzes
13 de junio de 2006.

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