27 febrero 2006

Programa Nº 3: Los milagros de Jesús

Muy buenas noches. Damos inicio al tercer programa de “Verdades de Fe”.
Les habla Daniel Iglesias. Estaré dialogando con ustedes hasta las 22:00. Agradezco la generosa colaboración del Diácono Jorge Novoa, quien nos acompaña hoy.
Este programa se transmite por Radio María Uruguay, desde Florida y Melo, y por Internet en http://www.radiomaria.org.uy/ . Puedes enviarnos tus comentarios, sugerencias o críticas llamando por teléfono al 0352 0535 o enviando un mail a info.ury@radiomaria.org .

Nuestro programa de hoy estará dedicado a los milagros de Jesús.
Santo Tomás de Aquino distingue dos aspectos en los milagros:
El primero, la acción misma que supera la capacidad de la naturaleza: es lo que hace definir los milagros como actos de poder; el segundo es la finalidad de los milagros, o sea, la manifestación de algo sobrenatural: es lo que hace denominarlos corrientemente signos.”
El milagro es un prodigio religioso, que expresa en el orden cósmico una intervención especial de Dios, quien dirige a los hombres un signo perceptible de la presencia permanente de Su palabra de salvación en el mundo. Los milagros son signos certísimos de la Revelación, adaptados a la inteligencia de todos, mediante los cuales Dios Todopoderoso nos manifiesta Su voluntad de hacernos partícipes de Su Vida, Su Sabiduría y Su Amor.

Los racionalistas rechazan a priori la noción misma de milagro. Pretendiendo apoyarse en la ciencia, declaran que el milagro es imposible o inconveniente. Según ellos, no hay nada más indigno de Dios que violar las leyes del universo autosuficiente que él mismo habría establecido. La actitud racionalista es una visión totalitaria que hace de la razón humana árbitro de todo, incluso de lo que Dios puede o debe hacer. Elimina todo lo sobrenatural (encarnación, milagros, redención, resurrección, gracia, sacramentos, etcétera) y desemboca en el secularismo, que intenta eliminar a Dios de la escena del mundo.
Dios ha creado el universo libremente, no por necesidad. La libertad de Dios es infinita; no se agota en el acto de la primera creación. El universo está subordinado a la acción trascendente de Dios. Para Dios sólo es imposible lo que implica contradicción; pero el milagro no implica contradicción alguna. Para probar la imposibilidad del milagro habría que demostrar antes que Dios no existe. Dios puede sobrepasar las causalidades naturales, interviniendo en el mundo entre la primera creación y la transformación final de todo; pero sólo Él es capaz de hacerlo. Hablando con propiedad, no hay milagro que no provenga de Dios. El milagro tiene su lugar dentro del plan providencial mediante el cual Dios ordena todas las criaturas a su fin último. Supera el orden de la naturaleza creada para manifestar un orden más elevado, el orden de la gracia sobrenatural.

El Concilio Vaticano II enfatiza el valor histórico de la tradición evangélica:
“La santa madre Iglesia ha defendido siempre y en todas partes, con firmeza y máxima constancia, que los cuatro Evangelios mencionados, cuya historicidad afirma sin dudar, narran fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la eterna salvación de los mismos hasta el día de la ascensión.”
Teniendo en cuenta esta enseñanza de la Iglesia, trataremos de poner de relieve la historicidad de los milagros de Jesús, aplicando a los relatos evangélicos de milagros siete criterios de autenticidad utilizados por la ciencia histórica:
1. El criterio del testimonio múltiple establece que un testimonio concordante, que procede de fuentes diversas y no sospechosas de estar intencionalmente relacionadas entre sí, merece ser reconocido como auténtico. Este criterio se cumple en nuestro caso, porque los cuatro Evangelios dan testimonio de los milagros de Jesús y no proceden de una única fuente literaria. Además el propio Talmud babilónico alude a la actividad taumatúrgica de Jesús, aunque interpretándola como una acción mágica.
2. Este testimonio múltiple es reforzado por el hecho de que entre los Evangelios hay diferencias en lo accidental y acuerdo en lo esencial. La diversidad en los detalles y en la interpretación de los hechos proceden de los redactores de los Evangelios, mientras que el peso de la tradición se hace sentir en el acuerdo de fondo sobre la realidad del hecho conservado.
3. También se aplica a nuestro caso el criterio de discontinuidad: un dato evangélico que no puede ser reducido a las concepciones del judaísmo o a las de la Iglesia primitiva puede ser considerado como auténtico desde el punto de vista histórico. Es claro que los milagros de Jesús, en cuanto signos de su identidad divina, no cuadran bien con las ideas de los distintos grupos religiosos judíos de la época (fariseos, saduceos, zelotas o esenios). Pero también hay aspectos de los Evangelios referidos a los milagros que no pueden ser explicados a partir de la Iglesia primitiva, sin referencia a Jesús. Por ejemplo, los Evangelios dan cuenta de que los enemigos de Jesús reconocieron sus exorcismos, pero los interpretaron como acciones diabólicas. Semejante acusación contra Jesús no pudo ser inventada por la comunidad cristiana.
4. La historicidad de los milagros de Jesús también se manifiesta en su conformidad con sus enseñanzas. El tema fundamental de la enseñanza de Jesús es el Reino de Dios. Es posible considerar como históricamente seguros los dichos y hechos de Jesús que están íntimamente ligados a este tema. Y precisamente los milagros de Jesús son signos de la llegada del Reino de Dios.
5. Otro criterio de historicidad se refiere al hecho de que en todos los milagros del Evangelio es posible apreciar un mismo estilo, el estilo de Jesús. El estilo de Jesús es el sello inimitable de su persona sobre todo lo que dice y lo que hace. El estilo de sus milagros es idéntico al de su enseñanza; está impregnado de sencillez, sobriedad y autoridad a la vez.
Veamos algunos rasgos específicos de los milagros de Jesús: Jesús se niega a hacer milagros en su propio provecho o para la exaltación de sí mismo; rechaza la afición por lo maravilloso y todo triunfo fácil que rechace la cruz; y se niega a hacer milagros cuando choca contra la falta de fe. Por otra parte, los milagros de Jesús están destinados a la salvación de todo el hombre, en su unidad de cuerpo material y alma espiritual. Tienen una función de liberación y manifiestan una vocación al Reino de Dios. Establecen una relación personal y transformadora del beneficiario con Jesús. El beneficiario participa en el milagro mediante una actitud de fe en Jesús. El milagro es el lugar de una opción: el hombre puede abrirse a Jesús y convertirse o puede cerrarse al signo. Los milagros de Jesús tienen carácter eclesial: Jesús trae una salvación universal; por eso da a sus discípulos el poder de hacer milagros. Por los milagros de Jesús, el futuro invade el presente: Jesús une en su persona la espera de la salvación escatológica y su realización presente. Los milagros de Jesús manifiestan el misterio de su persona. Si Jesús trae el Reino de Dios, la razón última de ello está en su misma persona.
6. También es aplicable el criterio de la inteligibilidad interna: cuando un dato evangélico está perfectamente inserto en su contexto y además es totalmente coherente en su estructura interna, se puede presumir que se trata de un dato históricamente auténtico. Esto se da en nuestro caso. Los milagros y la predicación de Jesús constituyen una unidad indisoluble, ya que ambos manifiestan la venida del Reino de Dios. Los relatos de milagros ocupan un lugar tan considerable en los Evangelios y están tan íntimamente ligados a su trama que no es posible rechazarlos sin rechazar los Evangelios en bloque, cosa que no es razonable desde el punto de vista histórico.
7. Por último, aplicaremos el criterio de explicación necesaria: si ante un conjunto considerable de datos, que exigen una explicación coherente y suficiente, se ofrece una explicación que ilumina y armoniza todos sus elementos (que de otro modo seguirían siendo un enigma), podemos concluir que estamos en presencia de una explicación auténtica. También esto se cumple en nuestro caso. En los Evangelios, los milagros de Jesús son un dato insoslayable, que exige una explicación. En el Evangelio de Marcos los relatos de milagros abarcan el 31% del texto. Excluyendo los capítulos de la Pasión, la proporción se eleva al 47%. En el Evangelio de Juan, los doce primeros capítulos descansan por entero sobre siete “signos” de Jesús. Eliminar los milagros equivaldría a destruir el Evangelio de Juan. En los cuatro Evangelios es posible distinguir 67 relatos de milagros (correspondientes a 34 milagros diferentes), 28 sumarios de milagros y 51 discusiones o alusiones referentes a los milagros. Muchos de estos relatos mencionan el carácter público de los milagros de Jesús. Sólo los milagros pueden explicar el gran entusiasmo que Jesús suscitó en el pueblo y la presentación de Jesús como taumaturgo en la primera predicación apostólica. Ni siquiera los enemigos de Jesús negaron que Jesús hiciera milagros. No discutían su actividad de exorcista y taumaturgo, sino la autoridad que reivindicaba apoyándose en esa actividad. El Evangelio de Juan indica los muchos milagros de Jesús (y especialmente la resurrección de Lázaro) como causa directa de la decisión de las autoridades judías de dar muerte a Jesús. Esto es tanto más significativo cuanto que muchos de los grupos judíos de la época rechazaban los milagros o desconfiaban de ellos.
La convergencia de los siete criterios de historicidad antes enunciados constituye una prueba difícilmente rechazable de la solidez histórica de los milagros de Jesús.
Ahora haremos unos minutos de pausa para escuchar música.

INTERVALO MUSICAL

Continuamos la transmisión de “Verdades de Fe”. Este programa se transmite por Radio María Uruguay, desde Florida y Melo. Los oyentes pueden plantearnos sus consultas, dudas y comentarios llamando por teléfono al 0352 0535 o enviando un mail a info.ury@radiomaria.org .
Nuestro programa de hoy está dedicado a los milagros de Jesús. En la primera parte consideramos los milagros de Jesús desde el punto de vista histórico. Ahora los consideraremos desde el punto de vista teológico. Dicho de otro modo, analizaremos el significado de esos milagros.

Comenzaremos presentando una visión cristocéntrica del milagro.
El Concilio Vaticano II relaciona los milagros de Jesús con su persona, presentando a Cristo como la plenitud de la Revelación y como el signo por excelencia de la misma Revelación:
“Por tanto, es él -verlo a él es ver al Padre - el que, por toda su presencia y por la manifestación que hace de sí mismo, por sus palabras y sus obras, por sus signos y sus milagros, y más particularmente por su muerte y su gloriosa resurrección de entre los muertos, y finalmente por el envío del Espíritu de verdad, da a la revelación su pleno cumplimiento y la confirmación de un testimonio divino, atestiguando que Dios mismo está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y resucitarnos a la vida eterna”.
Los milagros de Jesús son la irradiación de la epifanía del Hijo de Dios entre los hombres. Cristo mismo es el signo que debe ser descifrado, el signo único y total de credibilidad. Él es el signo primero que incluye y fundamenta a todos los demás signos. Los milagros de Jesús plantean la cuestión de su identidad:
“¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?”
El Concilio Vaticano II presenta también a los milagros de Jesús como un anuncio de la llegada del Reino de Dios que se manifiesta en la persona de Jesucristo:
“El Señor Jesús dio origen a su Iglesia predicando la buena nueva, la llegada del reino prometido desde hacía siglos en las Escrituras... Este reino brilla a los ojos de los hombres en la palabra, las obras y la presencia de Cristo... Los milagros de Jesús atestiguan igualmente que el reino ha venido ya a la tierra: `Si por el dedo de Dios expulso los demonios, entonces es que el reino de Dios ha llegado entre vosotros´. Sin embargo, el reino se manifiesta ante todo en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo de hombre, que ha venido a salvar y a dar su vida como rescate de muchos”.
El Vaticano II subraya que, si bien Dios ha multiplicado los indicios de su intervención en la historia, ha dejado al hombre la libertad de responder al mensaje y los signos de la salvación. Los signos de Jesús no obligan a nadie a recibirlo; son dones y ayudas de Dios que solicitan y sostienen al hombre en su libre decisión de fe:
“Cristo... invitó y atrajo a los discípulos con paciencia. Apoyó y confirmó ciertamente su predicación por medio de milagros, pero era para suscitar y robustecer la fe de sus oyentes, no para ejercer sobre ellos una constricción”.
Siguiendo la doctrina del último Concilio, podemos atribuir a los milagros una doble función: la de testimoniar y revelar. Por una parte, los milagros manifiestan la verdad de la Revelación de Cristo. Por otra parte, los milagros son expresión de la Revelación igual que las palabras de Cristo; no es menos importante conocer los milagros de Jesús que sus palabras. Podemos recordar aquí la frase de Pascal:
“Los milagros disciernen la doctrina, y la doctrina discierne los milagros”.

En primer lugar, entonces, analizaremos el milagro como testimonio.
El milagro garantiza la autenticidad de la Revelación de Cristo con el poder infinito y la autoridad de Dios. Este testimonio divino interpela al hombre, invitándolo a responder a Dios por medio de la fe. Jesucristo confirma su doctrina por medio de prodigios y signos que disponen al alma a la escucha de la buena nueva y son llamamientos a la comunión con Dios y al seguimiento de Jesús. Los milagros que Jesús realiza en su nombre propio son signos de misión divina: atestiguan que Cristo es un enviado de Dios y la verdad de su condición de Hijo enviado por el Padre. Son testimonios del Espíritu de Dios, que lo revelan y acreditan como Hijo de Dios.
Si Jesús es el Hijo de Dios, los signos que permiten identificarlo como tal tienen que aparecer como una irrupción de Dios en la historia de los hombres, que hace estallar nuestras categorías. Los signos de la gloria de Jesús (milagros y resurrección) son signos del poder, la santidad y la sabiduría de Dios. La resurrección de Cristo es el signo de los signos, el signo supremo.
Desarrollaremos la dimensión jurídica del milagro siguiendo la doctrina expuesta por Santo Tomás de Aquino:
· El milagro tiene dos finalidades: el testimonio de la doctrina y de la persona. Cristo hizo milagros para confirmación de su doctrina y para manifestación del poder divino que en Él había.
· La naturaleza divina resplandece en los milagros, pero en comunicación con la naturaleza humana, instrumento de la acción divina.
· Los milagros de Cristo fueron suficientes para demostrar su divinidad bajo tres aspectos: por la especie de las obras de Cristo, por su modo de hacer los milagros y por la misma doctrina en que Cristo se declaraba Dios.
· Cristo hizo los milagros con poder divino. El poder divino obraba en Cristo según era necesario para la salud humana. Los milagros de Jesús se ordenaban a manifestar su divinidad para la gloria de Dios y para la salud de los hombres, sobre todo la salud del alma.
· Cristo vino a salvar al mundo con el poder de su divinidad y por el misterio de su encarnación. Curando milagrosamente a los hombres, Cristo se mostró como Salvador universal y espiritual de todos los hombres.

En segundo lugar, analizaremos el milagro como revelación.
El milagro es un signo que responde a una intención de comunicación con vistas a una comunión. Considerado como revelación, el milagro es un encuentro personal entre Dios y el hombre, encuentro que es capaz de transformar y promover al hombre, liberándolo del pecado y llevándolo a una verdadera conversión. El milagro visibiliza y manifiesta en ejercicio la buena noticia de la salvación, hablando a los sentidos y al espíritu. Muestra claramente que la palabra de Dios es eficaz, haciendo presente el Reino de Dios, que es para el hombre la salvación total. Como transformación del cosmos, el milagro es una figura del mundo que viene.
El milagro es un signo polivalente, que apunta simultáneamente hacia diversas direcciones. Analizaremos los principales valores significativos del milagro según el Nuevo Testamento:
· Los milagros de Jesús son manifestaciones del poder universal y absoluto de Dios; pero son obras de poder al servicio del amor. Revelan que Dios es amor, rico en misericordia y cariño. Ese amor toma forma humana en Cristo, haciendo visible al hombre la intensidad del amor divino. Los milagros son signos de la misericordia de Dios para con los afligidos y doloridos.
· Los milagros de Jesús son signos del cumplimiento de las promesas de Dios, signos de que el Reino de Dios ha llegado. Significan que en Cristo se han cumplido por fin las profecías de las Escrituras. Jesús de Nazaret es el Mesías que trae la salvación esperada, triunfando sobre la enfermedad, la muerte, el pecado y el diablo. Por medio de sus milagros, Jesús anuncia la buena nueva a los pobres.
· Los milagros de Jesús son obras comunes del Padre y del Hijo: el Padre realiza esas obras en el Hijo. Manifiestan la gloria del Padre y del Hijo: el Padre glorifica al Hijo y es glorificado en Él. Revelan que entre el Padre y el Hijo hay un misterio de Amor; ambos están unidos por un mismo Espíritu.
· El milagro es un signo de la gracia de Dios; expresa los dones espirituales ofrecidos a los hombres por la gracia de Cristo. En el evangelio de Juan los milagros de Cristo revelan el misterio de los sacramentos de la Iglesia, particularmente del bautismo (por ejemplo en la curación del ciego de nacimiento) y de la eucaristía (por ejemplo en la multiplicación de los panes).
· La transformación del cosmos por el milagro y la transformación del hombre por la santidad son los signos del orden escatológico. El milagro es signo de una salvación escatológica y universal, de la liberación y glorificación de los cuerpos; prefigura las transformaciones que se efectuarán al final de los tiempos. Esto se aplica sobre todo a la resurrección de Cristo.
· Los milagros de Jesús son cristológicos. No lo acreditan como un simple profeta o Mesías humano, sino que manifiestan su gloria de Hijo único de Dios. Todos los valores significativos del milagro están unidos a Jesús, el signo por excelencia. Él es el Reino de Dios que ha llegado, el cumplimiento de las promesas, la presencia de la misericordia de Dios. En el evangelio de Juan, los milagros de Jesús están ordenados a revelar y hacer creíble el misterio de la persona de Cristo, que es el misterio de su origen en Dios Padre, de su unidad con Él y de la misión que el Padre le encomendó. Los milagros de Jesús son signos de la presencia salvífica del Reino de Dios en Jesús, en relación íntima con su predicación del Reino de Dios, hecho presente por Jesús entre los hombres.

Querido amigo, querida amiga:
Si tú no crees en Cristo, te invito a considerar atentamente los argumentos que hemos expuesto y a evitar las tentaciones del racionalismo, que rechaza los milagros, y del modernismo, que tiende a reducirlos a simples prodigios. Hemos visto que Dios, Creador y Señor del universo, puede intervenir libremente en el mundo, superando las potencialidades de la naturaleza, y que los criterios de autenticidad histórica, aplicados a los relatos de milagros de Jesús, permiten concluir que esos relatos tienen valor histórico. Estos milagros realmente acontecidos dan un aval divino a la pretensión de Jesús de ser el Hijo de Dios; acreditan que Él es verdaderamente el enviado por el Padre para la salvación del mundo. Mediante sus milagros, narrados en los Evangelios, hoy Jesucristo te llama a la fe en Él y a la conversión, condiciones indispensables para acceder al Reino de Dios.
Si tú crees en Cristo, te invito a leer los relatos de los milagros de Jesús en los Evangelios y a meditar sobre ellos en sintonía con la doctrina católica que hemos expuesto. Ruego a Dios Padre que esta lectura y meditación sirvan para fortalecer tu fe cristiana. Por la intercesión de la Virgen María, que impulsó a su Hijo a realizar su primer signo en las bodas de Caná, ruego que los milagros de Jesús te ayuden a conocer más profundamente la identidad del propio Jesucristo, auto-revelación de Dios y salvación del hombre.

Damos fin al tercer programa de “Verdades de Fe” y nos despedimos hasta el próximo martes a las 21:30. Que Dios los bendiga día tras día.

Daniel Iglesias Grèzes
28 de marzo de 2006.

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