02 octubre 2006

Programa Nº 33: La Iglesia

Muy buenas noches. Les habla Daniel Iglesias. Les doy la bienvenida al programa Nº 33 de “Verdades de Fe”. Este programa es transmitido por Radio María Uruguay desde Florida, Melo, Tacuarembó y San José y también a través de Internet. Los invito a enviarme sus comentarios o consultas al teléfono (035) 20535 o al mail info.ury@radiomaria.org. Estaré dialogando con ustedes durante media hora.
El programa de hoy estará referido al misterio de la Iglesia y a su presencia y su acción en la historia de los hombres.

En primer lugar veremos que la Iglesia católica es necesaria para la salvación.
La fe cristiana no es solamente fe en Dios y en Jesucristo; es también fe en la Iglesia católica. Cada vez que rezamos el Credo de Nicea y Constantinopla pronunciamos la siguiente profesión de fe:
“Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.”
El Dios que se nos reveló y nos salvó en Jesucristo no quiere que lo adoremos en forma individualista sino en comunidad, en asamblea. La palabra "iglesia" proviene de una palabra griega que significa literalmente "asamblea".
La constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II nos enseña que la Iglesia peregrina es necesaria para la salvación, porque sólo ella es el Cuerpo de Cristo, único Salvador. Así como el Padre envió a su Hijo Jesucristo para la salvación de todos los hombres, Cristo fundó y envió a la Iglesia, con la fuerza del Espíritu Santo, para continuar su misión de salvación. La Iglesia de Cristo y de los Apóstoles es la misma Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él.

En segundo lugar, tomando como guía los números del 1 al 8 de la constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, presentaremos una breve reflexión sobre la naturaleza de la Iglesia.
Nos planteamos entonces esta pregunta: ¿Qué es la Iglesia?
La Iglesia es un "misterio", es decir una realidad divina, trascendente y salvífica que se manifiesta visiblemente. De ahí que no la podamos comprender plenamente; no obstante podemos conocerla en alguna medida por medio de la razón elevada por la fe.
La palabra griega equivalente a "misterio" fue traducida al latín como "sacramentum". Por eso, a fin de explicar cuál es la naturaleza de la Iglesia, es conveniente recordar antes qué es un sacramento. Un sacramento es un signo eficaz (es decir, un signo e instrumento) de la gracia de Dios. Por ser un signo de la gracia (o sea, del amor gratuito de Dios), el sacramento manifiesta visiblemente una realidad invisible y trascendente. Por ser un signo eficaz, el sacramento realiza lo que significa, hace presente, viva y operante la gracia de Dios en el mundo. Por medio del sacramento, Dios mismo se autocomunica al hombre. El Dios vivo nos da su propia vida, que es la vida del espíritu, la vida eterna.
Después de haber explicado brevemente qué es un sacramento, podemos decir ahora que la Iglesia es el sacramento de Cristo, quien a su vez es el sacramento de Dios.
Consideremos más detenidamente estas dos afirmaciones:
Por una parte, Cristo es el sacramento de Dios. Él es la imagen visible de Dios invisible, la manifestación plena del amor del Padre. "En Él habita corporalmente la Plenitud de la Divinidad" (Colosenses 2, 9).
Por otra parte, la Iglesia es el sacramento de Cristo. Ella es el Cuerpo Místico de Cristo resucitado, formado por todas las personas que han recibido el Espíritu Santo que Él les comunicó. La Cabeza de este Cuerpo es Cristo, quien ama a la Iglesia como a su Esposa y se entrega a ella enteramente.
Cristo instituyó a su Iglesia en la tierra como una sociedad visible, provista de órganos jerárquicos, y la enriqueció con los bienes celestiales. Ella es la dispensadora de su gracia, la presencia social del amor de Dios en medio de los hombres. La claridad de Cristo, luz de los pueblos, resplandece sobre la faz de la Iglesia. Ella es en Cristo como un sacramento, o sea un signo e instrumento de la unión íntima de los hombres con Dios y de la unidad de todo el género humano. La Iglesia es el sacramento primordial, del cual los siete sacramentos son otras tantas expresiones privilegiadas. Su alma es el Espíritu Santo, que une en el Cuerpo de Cristo a quienes compartimos una misma fe y queremos vivir en una misma comunión de amor con Dios.
La Iglesia no es una institución meramente humana, como todas las demás. Es una institución divina y humana, que en cierto sentido guarda una analogía con la Encarnación del Hijo de Dios. Así como la única persona de Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, sin confusión ni separación de las dos naturalezas, la única Iglesia es verdaderamente obra de Dios y obra de los hombres. Por eso la realidad de la Iglesia-Misterio va mucho más allá de lo que podemos ver de ella.

En tercer lugar, veremos que la Iglesia es una realidad eterna.
Hoy en día muchos cristianos piensan que la Iglesia es algo secundario y transitorio. Lo importante sería el Reino de Dios; la Iglesia sería válida sólo en la medida en que sirviera al crecimiento del Reino, la única realidad que permanecería por siempre. Esta visión no es correcta, puesto que no es posible separar Iglesia y Reino de Dios, como si la Iglesia fuera un mero instrumento del Reino, comparable a otros. El Concilio Vaticano II, en cambio, en cierto modo identifica a la Iglesia con el Reino de Cristo:
"Cristo... inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención. La Iglesia o reino de Cristo, presente actualmente en misterio, por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo" (Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 3).
Podemos afirmar que la Iglesia terrestre es el Reino de Dios en germen y la Iglesia celestial es el Reino de Dios consumado.
Muchos cristianos no perciben la íntima conexión entre Iglesia y Reino de Dios porque han perdido de vista la esencial dimensión sacramental o mistérica de la Iglesia y han caído en una visión secularista de la Iglesia como simple organización humana. Para superar la actual crisis de fe, los cristianos necesitan volver a captar el misterio de la Iglesia, en su perenne belleza.

A continuación haremos una breve reflexión sobre el problema del pecado en la Iglesia.
Como dijimos antes, al rezar el Credo profesamos nuestra fe en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Por lo tanto la Iglesia católica, la única Iglesia fundada por Cristo y confiada por Él al cuidado de los Apóstoles, es verdaderamente santa. Sin embargo es evidente que también existe el pecado en la Iglesia. Éste es el problema que ahora analizaremos.

En primer lugar, es necesario reconocer que la existencia del pecado en la Iglesia no contradice la doctrina católica sino que la confirma. Los cristianos creemos que Jesús murió en la cruz "por nuestra causa", "por nuestros pecados"; también creemos que la Iglesia es a la vez santa y necesitada de purificación.
Es necesario realizar las siguientes distinciones:
• Sólo Dios uno y trino es absolutamente santo.
El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, santifica a los cristianos. Sin embargo, sólo Dios es santo en un sentido primero y original. Los cristianos son santos en un sentido segundo y derivado.
• La Iglesia celestial ya no está necesitada de purificación.
En el cielo los cristianos participan de la gloria y de la santidad del mismo Dios. Porque Dios así lo ha querido, los santos conocen y aman como Dios conoce y ama.
• En la Iglesia terrestre hay "santos" (cristianos en estado de gracia) y "pecadores" (cristianos en estado de pecado mortal).
En este sentido de la palabra "pecador" (que es su sentido más propio) sólo algunos cristianos son pecadores. Distinguir con certeza plena quiénes son en la Iglesia los santos y quiénes los pecadores supera la capacidad del hombre. Esto es una prerrogativa de Dios, quien juzgará a cada uno al final de su vida mortal, en función de su fe y sus obras.
• En la vida de cada cristiano hay gracia y pecado, actos buenos y malos.
Debemos reconocer con humildad nuestras culpas, arrepentirnos sinceramente de ellas y confiar en la misericordia de Dios, que hace sobreabundar la gracia allí donde abundó el pecado.

En segundo lugar, es preciso reconocer que de hecho los hijos de la Iglesia han pecado mucho a lo largo de la historia. No se debe minimizar estas culpas; pero sólo Dios puede juzgarlas absolutamente. La Iglesia católica reconoce las culpas de sus hijos y pide perdón a Dios y a los hombres por ello. Da la impresión de que en general las otras iglesias y religiones, las naciones, las ideologías, etc. no han hecho otro tanto, aunque también deberían hacerlo.
Sin embargo, en honor a la verdad histórica, debemos rechazar las numerosas “leyendas negras” anticatólicas. Éstas pueden ser clasificadas en dos grandes grupos:
• Por un lado tenemos las exageraciones de abusos reales: la Inquisición, las Cruzadas, el caso Galileo, los hechos posteriores a la conquista de América por parte de España y Portugal, etc. O sea, en cada uno de estos casos hubo hijos de la Iglesia que cometieron verdaderos e importantes abusos, que debemos condenar sin reservas, como la misma Iglesia lo ha hecho más de una vez, particularmente en el contexto de la “purificación de la memoria” auspiciada por el Papa Juan Pablo II como parte de la preparación espiritual de la Iglesia para el Gran Jubileo del año 2000. No obstante también es preciso rechazar las visiones muy distorsionadas sobre estos hechos, que fueron puestas en circulación interesadamente hace siglos por grupos protestantes y liberales como parte de su propaganda anticatólica. Estas “leyendas negras” continúan gozando de buena salud hoy en ambientes anticatólicos y siguen haciendo daño.
• Por otro lado, tenemos también acusaciones falsas contra la Iglesia. En este rubro podemos ubicar el supuesto antisemitismo del Papa Pío XII, la presunta responsabilidad de la moral sexual católica en la propagación del hambre y el SIDA en el mundo, el presunto apoyo de la Iglesia a las dictaduras militares latinoamericanas de los años setenta y a sus abusos contra los derechos humanos, la supuesta alianza histórica de la Iglesia con los poderosos en el contexto de la lucha de clases, que (en la visión marxista) enfrenta a la burguesía contra el proletariado, etc. Está bien que la Iglesia pida perdón por las faltas de sus hijos, pero sólo debe pedir perdón por sus faltas reales, no por las imaginarias.

Por otra parte, no se debe sobrevalorar los pecados cometidos por miembros individuales de la Iglesia (por ejemplo, los casos de sacerdotes pedófilos). Es evidente que juzgar a la Iglesia por los actos malos cometidos por algunos de sus miembros es una generalización indebida.

Finalmente, es muy importante tener presente las siguientes dos verdades:
1. Los pecados de los hijos de la Iglesia no proceden de la fe cristiana, sino de su negación práctica. Son contrarios al Evangelio, a la verdad revelada por Dios en Cristo.
Es cierto que hay quienes van a Misa todos los domingos y son malos católicos. Pero es crucial comprender que no son malos católicos porque van a Misa, sino a pesar de que van a Misa.
No ocurre otro tanto con ideologías tales como el liberalismo individualista, el colectivismo marxista, etc. Los crímenes de estas ideologías no son meros accidentes históricos, sino que emanan de su misma esencia. Se derivan necesariamente de ellas del mismo modo que una conclusión se deriva de unas determinadas premisas.
2. En la historia de la Iglesia abunda el pecado, pero sobreabunda la gracia.
En todo tiempo la Iglesia ha permanecido fiel a Jesucristo y ha dado un testimonio creíble de Él por medio de una densa nube de fieles testigos de la fe cristiana. Por la gracia de Dios, la Iglesia ha sido en todas las épocas (incluso las más turbulentas) la Esposa inmaculada del Cordero. Es nuestra tarea y nuestra responsabilidad histórica hacer que en su rostro resplandezca cada vez más claramente la belleza de Cristo resucitado, Luz de las gentes.

Ahora haremos unos minutos de pausa para escuchar música.
INTERVALO MUSICAL
Continuamos el programa Nº 33 de “Verdades de Fe”. Este programa es transmitido por Radio María Uruguay desde Florida, Melo, Tacuarembó y San José. Saludamos a todos nuestros oyentes y los invitamos a plantearnos sus consultas y comentarios llamando al teléfono (035) 20535.
Nuestro programa de hoy está dedicado al misterio de la Iglesia. En la primera parte del programa reflexionamos sobre la naturaleza y la santidad de la Iglesia.
A continuación meditaremos sobre la relación que existe entre la unidad y la pluralidad en la Iglesia.

En toda comunidad existe una tensión entre la unidad y la pluralidad. Esta tensión se ha manifestado de muchas formas a lo largo de la historia de la Iglesia. San Agustín expresó de manera sintética y genial los principios aptos para resolver el problema de la unidad y la pluralidad en las comunidades cristianas: "Unidad en lo necesario, libertad en lo opinable, caridad en todo".

En primer lugar, unidad en lo necesario.
Si falta la unidad en lo necesario, se rompe la comunión eclesial. Es el caso, por ejemplo, de los cismas y herejías que han dañado el cuerpo de la Iglesia. Pero, ¿qué es "lo necesario", aquello en lo que todos los cristianos debemos coincidir para permanecer en la unidad de la Iglesia? Ésta es la respuesta de San Pablo: "Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos." (Efesios 4,4 6).
Destacamos aquí la importancia de la unidad en "una sola fe". Últimamente se ha difundido una especie de catolicismo "a la carta": del menú de los dogmas y las doctrinas cristianas cada uno elige lo que le gusta y descarta lo restante. Incluso llega a ocurrir a veces que los sacerdotes y catequistas no enseñan la doctrina de la Iglesia, sino sus propias opiniones, erróneas o cuestionables.
En 1992 el Papa aprobó y ordenó la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, al cual presentó "como un instrumento válido y autorizado al servicio de la comunión eclesial y como norma segura para la enseñanza de la fe" (Constitución apostólica Fidei depositum, n. 4). Sin duda dicho Catecismo nos es muy útil para conservar el depósito de la fe que el Señor confió a su Iglesia. Los invito a leerlo, estudiarlo y usarlo cada vez más.

En segundo lugar, libertad en lo opinable.
La unidad no es uniformidad. Una vez asegurada la unidad en lo esencial, la libertad de los hijos de Dios se despliega abarcando el ancho campo de lo cambiante y contingente. Uno puede perfectamente ser cristiano y dedicarse a la teología, al cuidado de los enfermos, a la contemplación o a la ingeniería; se puede ser un buen cristiano en el matrimonio o en el celibato; militando en uno u otro partido político (mientras su programa sea sustancialmente compatible con el cristianismo); formando parte de una "comunidad eclesial de base" o siendo un simple "fiel de Misa"; celebrando la Divina Liturgia en el rito latino o en el rito bizantino; estando integrado a una parroquia o a un movimiento; etc.
Comprenderemos mejor lo que significa la libertad cristiana contemplando el numeroso conjunto de los santos y santas canonizados por la Iglesia. Animados por un mismo Espíritu, Benito de Nursia, Bernardo de Claraval, Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Ignacio de Loyola, Teresa de Avila, etc. llevaron vidas exteriormente muy diferentes. No sólo inculturaron el Evangelio, expresándolo con un lenguaje apropiado para su época, pueblo y situación, sino que también dieron una respuesta personal al llamado de Dios. Hay tantas formas de seguir a Jesucristo como fieles cristianos.

Por último, pero no por eso menos importante, caridad en todo.
"Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor." (1 Juan 4,8). Nos lo ha recordado el Papa Benedicto XVI en su hermosa encíclica Deus caritas est: Dios es amor. Tanto en lo necesario y sustancial, como en lo contingente y accidental, debe prevalecer siempre la caridad, el amor cristiano. La caridad, según nos enseña San Pablo, es la mayor de las virtudes cristianas, la única que no pasará jamás.
Permanecer unidos en el amor del Padre es la forma más eficaz de realizar y testimoniar la unidad cristiana. Cuando ven a los cristianos tratarse como hermanos, los no cristianos se preguntan por la raíz de ese amor. Ésa fue una de las causas principales de la eficacia misionera de las primeras generaciones cristianas. Unidos en la fe y el amor, también los cristianos contemporáneos debemos responder con libre y creativa generosidad a la vocación universal a la santidad.

Querido amigo, querida amiga:
Para terminar este programa haremos una breve reflexión acerca de cómo proponer la fe hoy.

En primer lugar, afirmamos que la fe no debe ser presupuesta.
En la actual situación del mundo occidental, que se ha alejado de sus raíces cristianas, es menos acertado que nunca presuponer que todas las personas que se acercan a la Iglesia -por ejemplo para pedir los sacramentos- gozan de una fe madura y firme. Se ha vuelto evidente la necesidad de llevar a cabo una evangelización nueva: nueva en sus métodos y en su expresión; y sobre todo nueva en su ardor.
Muchas familias compuestas por bautizados no cumplen su misión de transmitir la fe de generación en generación. La Iglesia, tomando en cuenta esa realidad, mientras trata de transformar las familias en verdaderas iglesias domésticas, debe suplir la falta de una verdadera educación cristiana en tantas familias por medio de un redoblado esfuerzo de evangelización y catequesis en las parroquias, los colegios, los movimientos y todas las comunidades cristianas. La catequesis familiar, en la cual las familias son a la vez objeto y sujeto de evangelización, parece un instrumento muy adecuado en la situación presente.

En segundo lugar, afirmamos que la fe no debe ser impuesta.
Los hombres están obligados a buscar la verdad y a adherirse a ella tan pronto como la conocen, pero la verdad obliga sólo en conciencia y se impone en virtud de su fuerza intrínseca. La Divina Revelación da a conocer la dignidad de la persona humana y muestra el respeto de Dios por la libertad humana. Dios llama a los hombres a conocerlo, amarlo y vivir en comunión con Él. Ese llamado requiere una respuesta libre.
En el pasado los cristianos sucumbieron a veces a la tentación de querer imponer la fe por la fuerza. Sin llegar a ese extremo, a menudo se era cristiano por mera tradición o costumbre, debido a la presión ejercida por la sociedad cristiana. Hoy se busca más intensamente que antes que cada cristiano asuma su fe como un compromiso personal con Cristo.

Por último, afirmamos que la fe debe ser propuesta.
No hemos recibido el precioso don de la fe para guardarlo en forma avara, sino para compartirlo con nuestros hermanos. En una Iglesia que es por naturaleza misionera, cada cristiano debe ser un testigo creíble de Cristo resucitado. Desde el último Concilio Ecuménico se han renovado los esfuerzos para incrementar la participación de los fieles laicos en la vida y en la misión de la Iglesia. Pero aún queda mucho camino por recorrer antes de que cada cristiano asuma el rol que le corresponde en la Iglesia y en el mundo.
La fe no puede transmitirse mediante meros razonamientos ni tampoco mediante meras obras, sin un anuncio explícito de la Buena Noticia cristiana. Sólo puede transmitirse "por contagio", mediante el encuentro con personas que viven una relación de confianza y de amor con Cristo vivo. Que Él nos conceda ser buenos "pescadores de hombres" para su Reino; y que fortalezca nuestra fe, al tiempo que nos impulsa a proponerla a los demás con alegría.

Por la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, ruego a Dios todopoderoso y eterno que te conceda crecer en la comprensión y el aprecio del misterio de la Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo.
Dando fin al programa Nº 33 de “Verdades de Fe”, me despido de ustedes hasta la semana próxima. Que Dios los bendiga día tras día.

Daniel Iglesias Grèzes
31 de octubre de 2006.

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