20 agosto 2006

Programa Nº 28: El aborto (2)

Muy buenas noches. Les habla Daniel Iglesias. Les doy la bienvenida al programa Nº 28 de “Verdades de Fe”. Este programa es transmitido por Radio María Uruguay desde Florida, Melo, Tacuarembó y San José y también a través de Internet. Pueden enviarnos sus comentarios o consultas al teléfono (035) 20535 o al mail info.ury@radiomaria.org. Estaré dialogando con ustedes durante media hora.
A fin de profundizar un tema ya tratado en nuestro programa Nº 6, el programa de hoy estará nuevamente referido al aborto. Procuraremos principalmente refutar uno de los argumentos favoritos de los partidarios de la legalización del aborto. El argumento es el siguiente:
· Premisa mayor: en un estado laico no debe haber leyes fundadas en dogmas religiosos.
· Premisa menor: la ley que prohíbe y penaliza el aborto está fundada en los dogmas de la fe católica.
· Conclusión: por lo tanto, en un estado laico se debe despenalizar y legalizar el aborto.

Acerca de la premisa mayor diremos solamente que cuando se afirma, como suele suceder, que “el Uruguay es un país laico”, se comete a la vez dos gruesos errores:
El primer error es confundir el país con el Estado. Habría que decir en cambio que Uruguay es un país cuyos habitantes tienen distintas definiciones en materia religiosa (siendo católicos al menos la mayoría relativa de ellos) y cuyo Estado se define corrientemente como “laico”. O sea, Uruguay es un país plural en materia religiosa, con un Estado “laico”. El error de confundir Estado y sociedad proviene de los excesos de la ideología estatista, que ha calado hasta los huesos de los uruguayos desde principios del siglo XX.
El segundo error consiste en una grave distorsión del significado auténtico de la laicidad del Estado. Conviene recordar que en la Constitución de la República Oriental del Uruguay ni siquiera figuran las palabras “laico”, “laicismo” o “laicidad”. Lo que dice nuestra Constitución es que el Estado no sostiene religión alguna. Por lo tanto sería mucho más correcto decir que el Estado uruguayo es aconfesional, en lugar de “laico”, una palabra lastrada por interpretaciones desviadas. Más aún, no es lícito identificar la no confesionalidad del Estado (compatible con una alta valoración del fenómeno religioso en general y de las raíces católicas de nuestra Patria y de nuestra civilización en particular) con un laicismo militante y hostil a la religión, que procura suprimir su influencia en los asuntos públicos y reducirla a una esfera puramente privada. El dualismo esquizofrénico de cierto secularismo que busca establecer un abismo infranqueable entre lo público y lo privado proviene de una falsa antropología que no toma en serio la unidad radical del ser humano ni su índole social. El hombre es siempre inseparablemente individuo y miembro de la sociedad y se manifiesta ineludiblemente como lo que es.
Con estas importantes salvedades, dejaremos de lado la premisa mayor y nos concentraremos en la premisa menor. Recordemos que ésta dice que la ley que prohíbe y penaliza el aborto está fundada en los dogmas de la fe católica. Refutar esta premisa será suficiente a los efectos de este programa. Basta con que esta premisa menor sea falsa para invalidar todo el razonamiento.

Con frecuencia los proabortistas buscan "confesionalizar" el debate sobre el aborto, catalogando a los antiabortistas como católicos intolerantes, que pretenden imponer sus creencias religiosas a todo el resto de la sociedad. Esto representa una profunda tergiversación del debate. La ley que prohíbe y penaliza el aborto no está fundada en los dogmas de la fe católica, sino en el orden moral objetivo, que todo ser humano (cualquiera que sea su religión) puede conocer por medio de la recta razón. La oposición católica a la legalización del aborto no brota únicamente de dogmas religiosos sino ante todo de un conjunto de verdades compartibles por personas no católicas y de hecho compartidas por muchas de ellas. Para reconocer la inmoralidad del aborto no es necesario profesar la fe cristiana, sino que basta reconocer la ley moral natural inscrita en la conciencia de cada hombre. Uno de los preceptos fundamentales de esta ley moral es amar y respetar la vida humana.
El proceso racional que lleva a concluir que el aborto debe ser penalizado por el Estado consta esencialmente de cuatro pasos, que se refieren respectivamente al orden biológico, al orden antropológico, al orden moral y al orden político.

El primer paso de nuestra reflexión se sitúa en el ámbito de la ciencia, concretamente de la biología.
Los enormes avances de la embriología y de la genética durante el siglo XX ya no dejan lugar a ninguna duda: desde el punto de vista científico es una verdad perfectamente demostrada que el embrión humano es un ser humano desde su concepción. La tesis proabortista de que el embrión (y luego el feto) es parte del cuerpo de la mujer embarazada carece de todo valor científico. En la concepción surge un nuevo individuo de la especie humana, un ser humano distinto del padre y de la madre, único e irrepetible, dotado de la capacidad de desarrollarse de un modo gradual, continuo y autónomo. El embrión humano no es un ser humano en potencia sino un ser humano en acto: embrionario en acto y adulto en potencia.
Quienes se empeñan en negar esta evidencia científica y proponen como comienzo de la vida humana otros momentos del desarrollo embrionario lo hacen movidos por intereses ideológicos. Así, por ejemplo, es totalmente arbitrario fijar el comienzo de la vida humana en la anidación (que ocurre aproximadamente dos semanas después de la fecundación) y llamar “preembrión” al embrión antes de la anidación. Esta falsa definición procura eliminar todas las barreras éticas que deberían impedir la manipulación de embriones humanos durante ese período crucial.
No debemos dejarnos confundir por la manipulación del lenguaje, instrumento capital de la actual estrategia proabortista. Por ejemplo, hoy se suele determinar arbitrariamente que el embarazo comienza en la anidación. Así se puede negar con toda frescura que las píldoras o los dispositivos que impiden la anidación interrumpen un “embarazo”. Pero es científicamente innegable que cuando se impide la anidación se destruye una vida humana; y esto debe ser llamado propiamente “aborto”.

El segundo paso de nuestra reflexión se sitúa en el ámbito de la filosofía, concretamente de la antropología filosófica.
En este punto se puede establecer que todo ser humano es necesariamente también una persona humana y tiene toda la dignidad que le corresponde a cualquier persona humana. No hay razones válidas para negar la personalidad del ser humano en las primeras fases de su existencia. Todo ser humano es persona humana y viceversa.
Los defensores del derecho a la vida debemos evitar el grave error de caer en la tentación antimetafísica, que en este punto se manifiesta por la renuencia o la renuncia a afirmar que el ser humano no nacido es una persona humana. La ciencia biológica obliga sin lugar a dudas a reconocer en el ser humano no nacido a un individuo de la especie humana; pero a pesar de esto hay quienes ponen en duda o niegan que este individuo humano sea una persona humana. La recta reflexión filosófica, sin embargo, conduce a reconocer que es imposible que un ser humano no sea persona humana. Sin esta afirmación de índole metafísica no es posible fundar una correcta antropología y sin una correcta antropología no es posible descubrir el verdadero fundamento de las normas éticas.
Si bien es cierto que en la Edad Media muchos filósofos católicos (incluso Santo Tomás de Aquino) defendieron la tesis de la “animación retardada”, eso se explica por la pobreza del conocimiento científico sobre la generación humana en aquella época, cuando recién comenzaba a nacer la ciencia moderna (en las Universidades fundadas por la Iglesia Católica en toda Europa). Seguramente hoy día, después del descubrimiento del ADN y de tantos otros avances de la biología, aquellos mismos pensadores reconocerían la verdad de la tesis de la “animación inmediata”. Por lo demás la “animación inmediata” se compagina con la filosofía tomista mucho más fácilmente que la “animación retardada”.
Ahora haremos unos minutos de pausa para escuchar música.

INTERVALO MUSICAL

Continuamos el programa Nº 28 de “Verdades de Fe”. Este programa es transmitido por Radio María Uruguay desde Florida, Melo, Tacuarembó y San José. Saludamos a todos nuestros oyentes y les recordamos que pueden plantearnos sus consultas y comentarios llamando al teléfono (035) 20535.
Nuestro programa de hoy está dedicado al tema del aborto. Estamos viendo que es posible establecer la necesidad de prohibir y penalizar el aborto por medios puramente racionales, sin una referencia directa a la fe católica. En la primera parte del programa reflexionamos sobre los aspectos biológicos y antropológicos del aborto. En esta segunda parte reflexionaremos sobre sus aspectos morales y políticos.

El tercer paso de nuestra reflexión se sitúa en el ámbito de la filosofía moral o ética.
La persona humana descubre su obligación moral mediante un proceso cognoscitivo que abarca las siguientes etapas:
En primer lugar, la conciencia moral reconoce como verdad evidente la norma moral fundamental: debo hacer el bien y evitar el mal.
En segundo lugar, la razón humana es capaz de conocer con certeza el bien moral o el mal moral de determinadas clases de actos humanos (actos conscientes y libres del hombre), reconociendo así las normas morales particulares. Por ejemplo, se puede establecer de un modo indudable que existe el deber moral de respetar la vida de todo ser humano (es decir, de toda persona humana) inocente. Del mismo modo se puede deducir que el aborto es un homicidio.
En tercer lugar, la razón humana puede determinar si un acto humano concreto está de hecho comprendido o no dentro de la clase de actos humanos que una norma moral dada prescribe o proscribe. Por ejemplo, la persona puede reconocer claramente si lo que está haciendo es o no es un aborto voluntario y por tanto un homicidio.
Al cabo de este proceso intelectual, se llega a una conclusión: tengo la obligación moral de hacer esto o de no hacer aquello.
En nuestro caso, entonces, nuestro razonamiento puede ser esquematizado así:
Debo evitar el mal. El homicidio es malo. El aborto voluntario es un homicidio. Por lo tanto el aborto voluntario es malo y debo evitar cometerlo. Determinado acto concreto es un aborto voluntario. No debo cometer ese acto concreto.
En este punto se debe evitar el grave error del subjetivismo o emotivismo moral, que asume la existencia de una separación absoluta entre el orden del ser (u orden ontológico) y el orden del deber (u orden moral). La ley moral no es una convención arbitraria impuesta al hombre extrínsecamente por medio de un consenso social o por cualquier otro medio. Se trata de una expresión de nuestra propia naturaleza humana. Es la ley intrínseca que rige nuestro desarrollo en cuanto personas. No corresponde entonces separar radicalmente el conocimiento objetivo de las cosas de su valoración, vista como algo puramente subjetivo, sentimental o emocional. Los valores están en las cosas mismas y por eso la razón humana, que puede conocer con certeza la verdad de lo real, puede conocer con certeza también los valores. Por lo tanto puede conocer con certeza el bien moral y el mal moral.

El cuarto paso de nuestra reflexión se sitúa en el ámbito de la moral social, más concretamente de la filosofía política.
Habiendo establecido en el paso anterior que el aborto es inmoral, ahora debemos determinar si también debe ser ilegal, o sea si el Estado debe prohibirlo y penalizarlo. Los derechos humanos son la contracara de los deberes humanos. Mis derechos son los deberes que los demás seres humanos tienen para conmigo. Dado que existe el deber moral de respetar la vida humana, existe también el derecho humano a la vida. El Estado existe para cuidar y promover el bien común de la sociedad y para ello debe ante todo defender los derechos humanos, en particular el derecho a la vida, necesario para poder ejercer todos los demás derechos humanos. De aquí se deduce que el Estado no puede permitir el aborto sin atentar gravemente contra su propia razón de ser. Por lo tanto el Estado debe prohibir el aborto; y, como una prohibición sin una pena correspondiente es ineficaz, también debe penalizarlo adecuadamente.
En este punto debemos evitar dos graves errores:
El error del liberalismo filosófico consiste en concebir al Estado como una entidad moralmente neutra. El Estado no es una abstracción, sino una estructura social formada en última instancia por personas humanas. Y la actividad humana (individual o grupal), considerada globalmente, nunca es ni puede ser moralmente neutra. El Estado tiene la obligación de promover el bien común y para ello debe respetar el orden moral objetivo.
El error de la “dictadura del relativismo” consiste en considerar el relativismo como una condición necesaria para el ejercicio de la democracia. Así todo ciudadano con convicciones morales firmes es tachado falsamente de intolerante y de fundamentalista y su actitud es considerada injustamente como un atentado contra la convivencia pacífica y democrática.

Los cuatro pasos de este proceso racional son tan claros y transparentes que un elemento básico de la estrategia proabortista consiste en tratar de evitar que la gente vea la realidad del aborto y piense a fondo sobre ella.
Habitualmente los médicos abortistas incumplen total o parcialmente su deber formal de recabar un consentimiento verdaderamente informado de sus “pacientes”. A toda costa procuran evitar que la mujer embarazada se dé cuenta de que el aborto no consiste en la extracción de un mero conjunto de células de su cuerpo sino en la elimación de un ser humano, más precisamente de su hijo.
Por la misma razón los proabortistas también procuran evitar que los canales de televisión muestren la realidad del aborto. Saben muy bien que una imagen vale más que mil palabras y que la demostración gráfica de la naturaleza homicida del aborto revelaría sin tapujos toda la inconsistencia y la maldad de sus argumentos. Algunos, habituados a ver en televisión los desbordes de violencia homicida de un Rambo o un Terminator, se vuelven de repente hipersensibles a la efusión de sangre cuando se trata de mostrar la realidad del aborto. No nos dejemos impresionar por esas críticas hipócritas.
Por lo general los proabortistas intentan, con gran tenacidad, eludir el debate filosófico acerca de su postura y mantenerse en el terreno de los argumentos "pragmáticos". Usualmente fundamentan esta actitud apelando al relativismo: sería inútil que la sociedad se sumergiera en un debate filosófico acerca de esta cuestión porque no existe una verdad en esta materia y jamás lograríamos ponernos de acuerdo en este nivel. Los proabortistas no se dan cuenta de que su postura "pragmática" es también una postura filosófica: la que confunde verdad y bien con utilidad. El problema fundamental del “pragmatismo” es que no incluye una reflexión profunda sobre el concepto de utilidad: ¿la legalización del aborto es útil para quién y para qué?
El intento de ocultar el corazón del asunto es equivocado y vano. Los proyectos de legalización del aborto deben generar y generan un intenso debate. Cabe desear que, en la medida de lo posible, ese debate sea filosófico, es decir radicalmente racional, y ético, es decir centrado en los valores morales que están en juego. Comenzar por el principio sería una gran contribución a la racionalidad del debate. Y el principio que está en discusión en este asunto es evidentemente el del derecho a la vida de los seres humanos no nacidos. Por lo tanto es necesario plantear insistentemente a los proabortistas una pregunta muy simple y sumamente pertinente, más aún, ineludible: ¿El embrión o el feto es o no es un ser humano? ¿Qué responde usted? Esta pregunta sólo admite tres respuestas: sí, no o no sé. La racionalidad del debate también se vería beneficiada si, dejando de lado la retórica, cada proabortista se animara a alinearse clara y honestamente en torno a una de esas tres únicas alternativas posibles.
En resumen, los católicos tienen tanta capacidad, tanto derecho y tanto deber como cualquier otro ciudadano de rechazar la gravísima injusticia del aborto mediante argumentos puramente racionales.

Querido amigo, querida amiga:
Llegados a este punto, sin embargo, los católicos debemos evitar un último escollo: el de minusvalorar o callar las motivaciones propiamente religiosas en contra del aborto. Nuestra fe sobrenatural nos impulsa a reconocer a los niños no nacidos no sólo como animales racionales sino también como seres creados a imagen y semejanza de Dios, llamados a ser hijos de Dios. Esta fe no suprime en modo alguno la racionalidad de los argumentos antiabortistas que presentamos antes sino que la complementa y perfecciona. La Palabra de Dios no se opone a la razón humana. Pensar lo contrario equivaldría a sostener que un católico, por el mismo hecho de ser católico, quedaría incapacitado para intervenir en los debates políticos acerca de cualquier asunto con profundas implicaciones éticas. Debemos evitar pues la tentación antidogmática, que procede en definitiva del del liberalismo teológico (quintacolumna del racionalismo dentro de la teología) y facilita el juego del secularismo.
Dentro de la Tradición de la Iglesia, junto a una filosofía moral puramente racional hay también una teología moral, elaborada mediante la razón iluminada por la fe. La Divina Revelación no se refiere sólo a misterios estrictamente sobrenaturales sino que contiene también verdades de por sí accesibles a la sola razón. Dentro de esta última categoría se hallan las normas de la ley moral natural. Dios las ha revelado para que todos puedan conocerlas fácilmente, con certeza y sin mezcla de error. El ámbito de competencia del Magisterio de la Iglesia incluye la ley moral natural. Aunque es cierto que nunca ha sido definido solemnemente un dogma en materia moral, también es cierto que según la doctrina católica el Magisterio está perfectamente capacitado para realizar tales definiciones dogmáticas. Además hay verdades que todo católico debe creer firmemente, aunque no hayan sido definidas en forma solemne como dogmas, porque el Magisterio de la Iglesia, por medio de su enseñanza ordinaria, las propone como parte de la Divina Revelación y por ende como definitivas. Dentro de esta categoría está la condena moral del aborto. La Iglesia ha sostenido siempre esa postura y no la variará jamás en el futuro.
Por la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre del Redentor del hombre, ruego a Dios todopoderoso y eterno que todos tomemos conciencia de la verdad de los argumentos que impulsan a prohibir y penalizar el aborto voluntario y que actuemos en consecuencia.
Damos fin al programa Nº 28 de “Verdades de Fe” y nos despedimos hasta la semana próxima. Que Dios los bendiga día tras día.

Daniel Iglesias Grèzes
26 de septiembre de 2006.

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