30 setiembre 2007

Programa Nº 10/07: La libertad de enseñanza

Muy buenas noches. Bienvenidos al programa Nº 10 del segundo ciclo de “Verdades de Fe”. Este programa es transmitido por Radio María Uruguay desde Florida, Melo, Tacuarembó y San José y también a través de Internet. Estaré dialogando con ustedes durante media hora.
El programa de hoy estará referido a la libertad de enseñanza.
La libertad de enseñanza es uno de los derechos humanos básicos y uno de los aspectos más trascendentes de la libertad. Es un derecho complejo, que abarca al menos los siguientes tres aspectos: el derecho a enseñar, el derecho a aprender y el derecho a elegir maestro.
El derecho a enseñar consiste en que toda persona (en principio) está autorizada a transmitir a otros su ciencia o creencia.
El derecho a aprender consiste en que toda persona, en función sólo de su capacidad intelectual, puede pretender adquirir la misma cultura o instrucción que los más favorecidos por la fortuna.
El derecho a elegir maestro implica la existencia de múltiples organismos de enseñanza e igualdad de prerrogativas y libertad de elección entre ellos. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre reconoce este derecho y lo atribuye prioritariamente a los padres (suponiendo que los hijos son menores de edad): "Los padres tienen por prioridad el derecho de escoger la clase de educación de sus hijos." (Artículo 26.3). Naturalmente, en caso de haber alcanzado la mayoría de edad, el ejercicio de este derecho corresponde a los propios educandos.
La Constitución Nacional de la República Oriental del Uruguay garantiza la libertad de enseñanza: "Queda garantida la libertad de enseñanza. La ley reglamentará la intervención del Estado al solo objeto de mantener la higiene, la moralidad, la seguridad y el orden públicos. Todo padre o tutor tiene derecho a elegir, para la enseñanza de sus hijos o pupilos, los maestros e instituciones que desee." (Artículo 68).

A continuación reflexionaremos sobre la relación entre la libertad de enseñanza y la libertad religiosa.
La libertad de enseñanza está estrechamente ligada a la libertad religiosa. La existencia de la libertad de enseñanza exige que no se imponga una religión o filosofía y que se respete el pluralismo intelectual. En lo referente a la libertad religiosa, el problema de la libertad de enseñanza incluye los siguientes tres aspectos principales:
· La enseñanza de la religión y la moral en el sistema público de educación.
· La libertad de las instituciones privadas de enseñanza.
· La financiación de las instituciones privadas de enseñanza.
Nos preguntaremos cuál es la mejor forma de garantizar la libertad de enseñanza en relación con la libertad religiosa y analizaremos críticamente las diversas soluciones propuestas a este problema. En teoría, la libertad de enseñanza podría alcanzarse de dos maneras:
· Con un sistema de educación neutral en todo lo relativo a la religión y a la filosofía (llamaremos solución "laicista" a esta primera alternativa).
· Con un sistema de educación que refleje de la mejor manera posible los deseos de los ciudadanos en todo lo relativo a la transmisión de valores religiosos y filosóficos (llamaremos solución "moderna" a esta segunda alternativa).

En primer lugar analizaremos la solución laicista.
El sistema laicista surgió en Estados Unidos y Francia a fines del siglo XVIII. Si bien en este sistema, junto a las instituciones de enseñanza públicas (laicas), se permite la existencia de instituciones de enseñanza privadas (de hecho mayoritariamente confesionales), el Estado financia en forma exclusiva y total a las instituciones públicas, gracias a lo cual la educación pública es gratuita, mientras que la educación privada debe ser paga. Debido a la gran influencia de los dos países mencionados, el sistema laicista se impuso en buena parte del mundo, incluyendo nuestro país.
Siguiendo a Horacio Terra Arocena, distinguiremos el laicismo liberal, que procura mantenerse neutral en las cuestiones religiosas y filosóficas, del laicismo tutorial, que tiene una orientación antirreligiosa consecuente y militante.
En la práctica, en la educación laica estas dos tendencias básicas se entremezclan en variadas proporciones. A grandes rasgos se podría afirmar que en el Uruguay predominó el laicismo tutorial en la primera mitad del siglo XX, mientras que en la segunda mitad se impuso el laicismo liberal.
El sistema laicista presenta los siguientes inconvenientes graves:
La educación debe tender al desarrollo integral del hombre. Es imposible alcanzar ese desarrollo integral ignorando la dimensión religiosa del ser humano, que forma parte de su esencia.
Los laicistas sostienen que, si los padres así lo desean, la escuela laica puede ser complementada con una educación religiosa aparte, por ejemplo la catequesis parroquial. Pero en verdad es inadecuado enseñar la religión cristiana como una materia aislada, sin relación alguna con las demás materias (literatura, historia, filosofía, etc.), que además son enseñadas con un espíritu indiferente u hostil a la fe. El cristianismo es una cosmovisión; tiene relación con todos los campos del saber, aunque respete su autonomía relativa.
El laicismo liberal es en principio menos nocivo que el laicismo tutorial. No obstante, en último análisis la educación filosóficamente neutra propugnada por el laicismo liberal es inviable, por lo cual esta tendencia corre el grave riesgo de convertirse en un laicismo tutorial implícito y tal vez hasta inconsciente. En la práctica la supuesta neutralidad es suplantada con frecuencia por una actitud de desvalorización de lo religioso o de propaganda sistemática de una filosofía secularista, en el fondo atea.
La elección de un tipo de enseñanza debería basarse fundamentalmente en su valor intrínseco. Sin embargo, de hecho la enseñanza es tan cara que, a falta de un sistema de subsidios a las instituciones privadas de enseñanza, se cae en una situación en la cual, para grandes sectores de la población, la libertad de enseñanza se convierte en un principio teórico sin vigencia real. Los padres que desean dar a sus hijos una educación religiosa deben afrontar costos que muchas veces están más allá de sus posibilidades económicas, por lo cual deben conformarse con los colegios públicos laicos. Esta situación injusta impide el acceso a la enseñanza religiosa de la mayoría de las familias de ingresos bajos o medio bajos y hace que dicha enseñanza quede más o menos reservada a las clases de ingresos altos o medio altos. En estas circunstancias no hay igualdad de oportunidades y el derecho de elección de los padres está muy erosionado. Las consecuencias del injusto sistema de subsidios son más dramáticas en países subdesarrollados, como los de nuestra América Latina.
Las instituciones católicas de enseñanza no tienen fines de lucro, pero deben cobrar sus servicios para poder solventar sus gastos de funcionamiento y las inversiones necesarias para ampliar o mejorar sus servicios. A menudo otorgan becas a alumnos provenientes de familias de bajos ingresos. Pero este recurso es limitado, por lo cual se produce el fenómeno del "elitismo", injustamente achacado a dichas instituciones, pues en verdad es causado por el sistema impuesto por el Estado.
La supuesta gratuidad de la enseñanza pública no es real, por dos motivos:
a) Los alumnos deben afrontar gastos considerables para proveerse de material de estudio.
b) El subsidio estatal que sostiene al sistema público de enseñanza proviene en definitiva de todos los contribuyentes, mediante el pago de impuestos.
Todos los ciudadanos deben pagar sus impuestos, pero el Estado los emplea para beneficiar sólo a algunos, aquellos que prefieren la enseñanza laica. Al pagar sus impuestos, un ciudadano católico, como el resto de los ciudadanos, contribuye al financiamiento de la enseñanza pública laica. Pero, si quiere dar a sus hijos una educación católica, él debe pagar además una cuota mensual a una institución privada de enseñanza. De modo que, a diferencia de un ciudadano partidario de la enseñanza laica, él debe pagar dos veces: Una vez, forzado por la Ley, para pagar un sistema de enseñanza del cual no se beneficia, y otra vez para pagar el tipo de enseñanza de su preferencia. Esta discriminación representa una grave injusticia. De este modo el Estado privilegia indebidamente a sus propias instituciones de enseñanza en perjuicio de su competencia privada y favorece deslealmente la educación laica en desmedro de la educación religiosa. Dada esta situación, no es extraño que en Uruguay, como en muchos otros países, el sistema público de educación acapare una amplia mayoría de los estudiantes, en todos los niveles.

Analicemos ahora lo que hemos llamado la solución moderna.
La solución moderna se basa en el siguiente principio básico: El Estado no debe contentarse con tolerar la libertad de enseñanza, sino que debe promoverla activamente, para que ella alcance su máxima extensión posible. Esta promoción de la libertad de enseñanza se alcanza por medio de la equiparación de todas las instituciones de enseñanza, sean públicas o privadas. Así el Estado hace posible que todos los padres den a sus hijos el tipo de educación que desean para ellos.
Se destaca en primer plano el hecho de que todas las instituciones de enseñanza (públicas o privadas) prestan un inestimable servicio público que las hace merecedoras del apoyo estatal. Por lo tanto el Estado no trata a los sistemas privados de enseñanza como una competencia peligrosa de su propio sistema de enseñanza, sino como servicios alternativos ofrecidos a la sociedad. Queda entonces relegado a un segundo plano el tema de la gestión de las instituciones de enseñanza, que puede ser llevada a cabo por organismos públicos o privados. El ideal de esta tendencia es la equiparación total, que implica un reparto equitativo de los subsidios estatales entre las instituciones de enseñanza públicas y privadas.
La idea de la equiparación implica también a veces la posibilidad de brindar clases de religión optativas en las instituciones públicas, que por lo demás ofrecen una educación laica.
Los padres pueden optar por enviar o no a sus hijos a la clase de religión y elegir la religión de su preferencia. Los profesores de religión son nombrados por las Iglesias o comunidades respectivas y el Estado paga sus sueldos.
Estas ideas no son utópicas: En muchos países europeos y americanos se ha puesto en práctica una gran variedad de sistemas concretos que se acercan más o menos a la equiparación. Además existe una tendencia hacia la equiparación total.
Un caso particular de esta tendencia es el sistema del "bono escolar": El Estado entrega mensualmente un bono a cada estudiante para que con él pague el total o una parte del costo de su educación en una institución pública o privada. El Estado puede entregar bonos a todos los estudiantes o sólo a los de menores ingresos. El sistema del "bono escolar" se está difundiendo rápidamente en los Estados Unidos; en la actualidad se aplica en varios Estados.
Comparando la solución moderna con la solución laicista, se pueden citar los siguientes argumentos a favor de la solución moderna:
La libertad de enseñanza y la libertad religiosa están mucho mejor tuteladas en el sistema moderno que en el sistema laicista, puesto que el Estado, procediendo con criterio igualitario, ofrece a los ciudadanos, no un mero permiso, sino la ayuda económica que necesitan para desarrollar el tipo de escuela que ellos mismos desean.
En el fondo el laicismo desprecia la religión y por eso intenta imponer un humanismo secularista cuyo propósito declarado es evitar que la libertad religiosa de los niños sea violada por medio de una educación religiosa. En cambio, la solución moderna valora positivamente la educación religiosa y por consiguiente busca promoverla de acuerdo con las creencias de la población.

Ahora haremos unos minutos de pausa para escuchar música.
INTERVALO MUSICAL

Continuamos el programa Nº 10 del ciclo 2007 de “Verdades de Fe”, transmitido por Radio María Uruguay. Los invito a llamar al teléfono (035) 20535 para plantear sus comentarios o consultas.
Nuestro programa de hoy está dedicado a la libertad de enseñanza.
Comenzaremos la segunda parte del programa esbozando una visión cristiana del problema de la libertad de enseñanza.
En los países de tradición católica, en el problema de la libertad de enseñanza vista desde la perspectiva de la libertad religiosa intervienen tres agentes principales: los padres, el Estado y la Iglesia.
La responsabilidad de la enseñanza de los niños es ante todo de los padres. Ellos son los titulares de los derechos del niño, en particular del derecho a aprender y del derecho a elegir maestro. Los padres deben gozar de una verdadera libertad de elección de escuela.
El Estado tiene e1 derecho de ordenar la educación para el bien común, pero no para imponer una determinada orientación filosófica, ideológica, política o económica. Su papel es complementario, subsidiario. Los poderes públicos, a fin de defender las libertades de los ciudadanos, deben velar por la justicia distributiva, repartiendo la ayuda de los fondos públicos de tal manera que los padres puedan elegir libremente, según su conciencia, la escuela para sus hijos. El Estado debe conceder a los padres los medios que precisan para ejercer ese derecho y establecer las normas que una escuela debe cumplir para poder ser subvencionada por toda la sociedad.
El papel que le corresponde a la Iglesia es promover la enseñanza para penetrarla del Espíritu de Cristo y ponerse así al servicio de la construcción de un mundo más humano. A la Iglesia, Maestra de la verdad revelada por Cristo, le corresponde ante todo el derecho a enseñar. La libertad de la Iglesia implica necesariamente la posibilidad de transmitir libremente la fe cristiana, incluso a través de las instituciones de enseñanza.

A continuación leeremos parte de una declaración de la Conferencia Episcopal Uruguaya del día 12 de noviembre de 1990, que, frente a algunos hechos coyunturales, volvió a explicitar la doctrina tradicional de la Iglesia sobre la libertad de enseñanza:
“La libertad de enseñanza consagrada en la Constitución (…) no es efectivamente respaldada en los hechos, como correspondería en una sociedad pluralista y respetuosa de los Derechos Humanos.
La educación básica es un deber. La libre elección de maestros e instituciones para cumplir con ese deber es un derecho de los padres. Pero para poder ejercer este derecho y cumplir con el deber de educar a sus hijos, los padres deben pagar una cuota, además de los impuestos con que todos contribuyen a la enseñanza estatal. Los padres de menores recursos, que constituyen la mayoría en nuestros colegios, tienen casi imposibilitado el acceso a este derecho.
La democracia, que por definición es pluralista, exige el respeto a las convicciones de los padres, sean éstos agnósticos, católicos u otros. Para lograrla sería necesario emprender un proceso que cree un sistema de escuela gratuita para todos y que contemple las diversas convicciones.
Esta expectativa de padres y educadores llevó al Papa Juan Pablo II a decir cuando estuvo entre nosotros: "Abrigo el deseo de que los responsables aseguren que las subvenciones estatales sean distribuidas de tal manera que los padres, sin distinción de credo religioso o de convicciones cívicas, sean verdaderamente libres en el Ejercicio de elegir la educación de sus hijos sin tener que soportar cargas inaceptables." […]
También declaramos que la gravedad e importancia de la educación nos obliga a proclamar desde ahora la firme decisión de dar los pasos necesarios para que todos los padres alcancen
la efectiva posesión del derecho constitucional a la libertad de elegir la enseñanza que prefieran para sus hijos."

A continuación haremos una reflexión sobre la historia nacional.
Desde la segunda mitad del siglo XIX se impuso entre los gobernantes e intelectuales del Uruguay la corriente de pensamiento liberal-racionalista, como un reflejo tardío de la Revolución Francesa. En nuestro país, como en otros países de América y de Europa, esa corriente tuvo características fuertemente anticristianas. Se intentó de mil maneras debilitar la influencia de la Iglesia en la sociedad, a través de un vasto programa de secularización. Antes de la separación de la Iglesia y el Estado, el triunfo principal de los liberales fue la reforma educativa de José Pedro Varela durante la dictadura del Cnel. Lorenzo Latorre, que permitió desarrollar un sistema de enseñanza estatal centralizado con una doctrina oficial: el laicismo.
La educación laicista fue presentada como una neutralidad respetuosa de las diferentes creencias religiosas de los ciudadanos. Pero en materia educativa la neutralidad es imposible (recordemos las palabras de Jesucristo: "El que no está conmigo está contra mí"). La supuesta neutralidad es en realidad una oculta toma de posición que desestima la dimensión fundamental del hombre (la dimensión religiosa), favoreciendo el agnosticismo, la indiferencia religiosa o incluso el ateísmo.
La escuela laica logró ampliamente uno de los resultados buscados por sus creadores: Generaciones enteras de uruguayos fueron formadas en ambientes donde el nombre de Cristo y el signo de la Cruz estaban proscriptos. En la práctica, se ha mantenido a muchísimos uruguayos en un estado de asombrosa ignorancia en materia religiosa. Esta ignorancia es mayor en los jóvenes formados en familias descristianizadas. Peor aún, muchos han sido inducidos a adoptar una actitud agnóstica o indiferente ante el problema religioso. A consecuencia de su formación, el hombre uruguayo tiende a ser menos religioso y más anticlerical que el latinoamericano típico.
El laicismo triunfante produjo además otro efecto nefasto: Se intentó, y en buena medida se logró, convertir a 1a fe cristiana en un asunto meramente privado, sin incidencia en la vida publica. Se procuró reducir la religión a una cuestión meramente individual, sin repercusiones políticas, económicas, sociales, culturales, etc. Se procuró aislar a los católicos en un ghetto, encerrarlos "en la sacristía". Se quiso sofocar a la Iglesia. La Iglesia sobrevivió, pero el proyecto laicista se impuso y el secularismo penetró hondamente en la mentalidad uruguaya. Los católicos perdieron gran parte de su influencia en la sociedad uruguaya, a pesar de muchas iniciativas bien inspiradas, como la Acción Católica.
Posteriormente, el Concilio Vaticano II renovó la Iglesia universal. El mensaje antiguo y siempre verdadero del Evangelio fue presentado al hombre moderno en un lenguaje nuevo. La Iglesia católica, por obra del Espíritu Santo, fue revitalizada y se hizo más claramente presente en la sociedad. De entre los muchos documentos emanados del Concilio, cabe destacar aquí las declaraciones Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, y Gravissimum educationis, sobre la educación cristiana de la juventud.
Las dos visitas del Papa Juan Pablo II al Uruguay fortalecieron a la Iglesia uruguaya y contribuyeron a reanimar a los católicos uruguayos a profesar su fe públicamente y con alegría. Además, la creación de la Universidad Católica del Uruguay, con reconocimiento oficial, terminó con un prolongado monopolio estatal de la educación superior (situación casi única en América).

Querido amigo, querida amiga:
La tarea educativa tiene una enorme importancia para la Iglesia. Gran parte de la suerte de la nueva evangelización se jugará en el ámbito de la educación, por lo cual debemos extremar los esfuerzos para que la educación católica llegue a todos los que desean recibirla.
Por la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre del Redentor, ruego a Dios que los cristianos uruguayos nos animemos a impulsar iniciativas concretas a favor de la libertad de educación, que sirvan de apoyo para la nueva evangelización de nuestro descristianizado Uruguay.
Dando fin al programa Nº 10 del segundo ciclo de “Verdades de Fe”, me despido hasta la semana próxima. Que la paz y la alegría de Nuestro Señor Jesucristo, el Resucitado, estén contigo y con tu familia.

Daniel Iglesias Grèzes
10 de septiembre de 2007

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