19 agosto 2007

Programa Nº 9/07: El matrimonio y la familia

Muy buenas noches. Bienvenidos al programa Nº 9 del segundo ciclo de “Verdades de Fe”. Este programa es transmitido por Radio María Uruguay desde Florida, Melo, Tacuarembó y San José y también a través de Internet. Estaré dialogando con ustedes durante media hora.
El programa de hoy estará referido al matrimonio y la familia.
En primer lugar, veremos qué nos dice la Sagrada Escritura sobre el matrimonio y la familia.
“La Sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27) y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" (Ap 19,7.9). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su "misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación "en el Señor", todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia.” (CIC n. 1602).
“Dios es Amor” (1 Jn 4,8). El hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, están llamados a amar. Su amor mutuo es muy bueno a los ojos del Creador. Dios bendice este amor con el don de la fecundidad y lo destina a realizarse en el cuidado de la creación: “Y Dios los bendijo y les dijo: «Creced y multiplicaos y llenad la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra»” (Gn 1,28).
El hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: “Dijo luego Yahveh Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.» […] De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: «Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.» Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne.” (Gn 2,18.22-24).
El primer pecado, ruptura del ser humano con Dios, tiene como primera consecuencia la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer, distorsionada por agravios recíprocos y por relaciones de dominio y concupiscencia. Dios, en su infinita misericordia, da al hombre y la mujer la ayuda de la gracia para sanar las heridas del pecado y realizar la unión de sus vidas según el designio divino original.
Dios ayuda a Israel, su pueblo, a crecer gradualmente en la conciencia de la unidad e indisolubilidad del Matrimonio, mediante la pedagogía de la Ley antigua. El Decálogo que expresa la Alianza del Sinaí entre Yahveh e Israel contiene tres mandamientos referidos directamente al matrimonio o la familia:
· “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que Yahveh, tu Dios, te va a dar.”.
· “No cometerás adulterio”.
· "No codiciarás […] la mujer de tu prójimo”.
“Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel, los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio. Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión única del amor humano, en cuanto que éste es reflejo del amor de Dios, amor "fuerte como la muerte" que "las grandes aguas no pueden anegar".”
(CIC n. 1611).
La alianza nupcial entre Dios e Israel prefigura y prepara la Alianza nueva y eterna entre Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y la Iglesia, su Esposa.
Al llegar la plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios se hizo carne, naciendo de una Mujer, en el seno de una familia pobre. La mayor parte de la existencia terrena de Jesucristo transcurrió en la apacible intimidad de la Sagrada Familia de Nazareth. De los largos años que van desde su regreso de Egipto hasta el comienzo de su vida pública, los Evangelios narran solamente el episodio del niño Jesús perdido y hallado en el Templo de Jerusalén y luego observan lo siguiente:
“Bajó con ellos y vino a Nazareth, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.” (Lc 2,51-52).
Sometiéndose a su padre legal y a su madre, Jesús cumplió perfectamente el cuarto mandamiento y dio una imagen visible de su obediencia filial a su Padre celestial. Así Jesús inauguró su obra de restauración de la humanidad caída por la desobediencia de Adán y Eva.
Al comienzo de su ministerio público, en una boda en Caná de Galilea, Jesús, a pedido de su Madre, realizó su primera señal milagrosa para la manifestación de su gloria. El milagro de la conversión del agua en vino anuncia simbólicamente “la hora de Jesús”, su entrega amorosa al Padre en la Cruz para la redención de la humanidad y la constitución de la Nueva Alianza.
En su predicación, Jesús enseñó el sentido original de la unión conyugal y subrayó claramente su carácter indisoluble, según el designio divino:
“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt 19,6).
“Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.” (Mc 10,11-12).
Jesucristo no sólo restableció el orden original del matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, signo de su amor esponsal hacia la Iglesia:
“Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla” (Ef 5,25-26).
Cristo es el centro de toda la vida cristiana. El vínculo con Él prevalece sobre todos los demás vínculos, incluso los familiares:
“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.” (Mt 10,37).
La Iglesia es la familia de Dios en Cristo:
“Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»” (Mt 12,49-50).
Jesucristo llama a algunos hombres y mujeres a seguirlo por el camino de la virginidad o el celibato por el Reino de los Cielos, forma de vida de la que Él mismo es el modelo:
“Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda.” (Mt 19,12). Estos hombres y mujeres renuncian al gran bien del matrimonio para ocuparse de las cosas del Señor tratando de agradarle y son un signo que recuerda que también el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo.

En segundo lugar, presentaremos algunas enseñanzas del Magisterio de la Iglesia sobre el matrimonio.
El Matrimonio es un sacramento al servicio de la comunión y de la misión, un sacramento de la fecundidad cristiana. Confiere una gracia especial para una misión particular al servicio de la construcción de la Iglesia y contribuye especialmente a la comunión eclesial y a la santificación y salvación de los esposos y de otras personas. Es necesario para perpetuar la familia cristiana dentro de la Iglesia, al mismo tiempo que perpetúa la familia humana.
“Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, «de manera que ya no son dos, sino una sola carne». Al bendecirlos, Dios les dijo: «Creced y multiplicaos».” (CICC, n. 337).
El matrimonio es una comunidad íntima y estable de vida y de amor entre un hombre y una mujer, una alianza de toda la vida entre ambos, ordenada por su propia naturaleza al bien y la comunión de los cónyuges, y a la procreación y educación de los hijos. La unión matrimonial es una institución natural: fue fundada por el Creador y fue dotada por Él de leyes propias, de bienes y fines varios. En el caso del pacto conyugal entre bautizados, el matrimonio natural ha sido elevado por Nuestro Señor Jesucristo a la dignidad de sacramento, como signo e instrumento sobrenatural del amor fecundo y la unión indisoluble entre Cristo y la Iglesia. Mediante la mutua entrega y aceptación de los novios se establece entre ellos en forma irrevocable el vínculo matrimonial y se les confiere la gracia propia de un sacramento específico, gracia destinada a la santificación por el amor mutuo y a la capacitación para desempeñar los deberes propios del matrimonio. Jesús enseña que, según el designio original divino, la unión matrimonial es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». El matrimonio sacramental da su pleno sentido al matrimonio natural, asumiendo y perfeccionando el amor natural de los esposos y convirtiéndolo en fuente de gracias divinas.
“La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne» y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana, la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles —del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma-, revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada por la gracia de Cristo.”
(FC, n. 19).
Tanto en la Edad Antigua como en la Edad Media el Magisterio de la Iglesia defendió la dignidad, la santidad y la licitud del matrimonio contra la doctrina de diversas sectas de tendencia gnóstica o maniquea, las cuales, debido a su filosofía dualista, despreciaban la materia y consideraban al matrimonio y a la procreación como algo malo. Estas tendencias pueden apreciarse ya en el propio Nuevo Testamento: San Pablo condena como enseñanzas diabólicas las de aquellos que prohíben el matrimonio (cf. 1 Tim 4,1-3).
Los reformadores protestantes negaron la sacramentalidad y el valor religioso del matrimonio. De ahí que, según ellos, la jurisdicción sobre las causas matrimoniales pertenezca al Estado y no a la Iglesia. También sostuvieron la licitud del divorcio, aunque no hubo acuerdo entre ellos acerca de las causas que permiten la disolución del matrimonio. Contra estas doctrinas protestantes, el Magisterio de la Iglesia defendió la sacramentalidad del matrimonio, la identificación del contrato matrimonial con el sacramento, la competencia de la Iglesia sobre las causas matrimoniales, la unidad e indisolubilidad del matrimonio, etc. Por ser una realidad natural y sobrenatural a la vez, el matrimonio debe ser regulado por el Estado y por la Iglesia.
“En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios y como sus intérpretes. […] Así, los esposos cristianos, confiados en la divina Providencia y cultivando el espíritu de sacrificio, glorifican al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando con generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. […]
Pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino que la propia naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de la prole requieren que también el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste, progrese y vaya madurando ordenadamente.” (GS, n. 50).
El matrimonio natural es una alianza o consorcio de toda la vida entre un hombre y una mujer, ordenada a los siguientes fines objetivos: el bien de los cónyuges y la generación y educación de los hijos. Ambos fines son elementos esenciales del matrimonio y tienen la misma jerarquía.
Esta misma alianza matrimonial natural, cuando es celebrada entre dos bautizados, ha sido elevada por Nuestro Señor Jesucristo a la dignidad de sacramento, incorporándola así al orden sobrenatural de la gracia. En el matrimonio entre bautizados se da una inseparabilidad entre la realidad natural (el contrato) y la realidad sobrenatural (el sacramento). Por lo tanto, todo contrato matrimonial válido entre bautizados es sacramento del matrimonio; y, recíprocamente, todo sacramento del matrimonio supone un contrato sui generis, que establece un consorcio total en las vidas de un hombre y una mujer. La consecuencia práctica principal de esta inseparabilidad entre contrato y sacramento es la obligatoriedad del matrimonio canónico para todos los bautizados, independientemente de su situación personal en cuanto a la fe.

Ahora haremos unos minutos de pausa para escuchar música.

INTERVALO MUSICAL

Continuamos el programa Nº 9 del ciclo 2007 de “Verdades de Fe”, transmitido por Radio María Uruguay. Los invito a llamar al teléfono (035) 20535 para plantear sus comentarios o consultas.
Nuestro programa de hoy está dedicado al matrimonio y la familia.
A continuación presentaremos una breve reflexión sobre la vocación al amor.
Dios ha creado al hombre por amor y para el amor. “Dios es Amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16). Todos los fieles cristianos están llamados por Dios a la santidad, es decir a la perfección de la caridad en su propia vida. Nuestro Señor Jesucristo es el divino Maestro y Modelo de toda perfección y santidad de vida. La vocación universal a la santidad se realiza en la Iglesia a través de diversos estados de vida y ocupaciones. Los fieles laicos pueden santificarse tanto a través del matrimonio como de la virginidad.
El Orden y el Matrimonio son los dos sacramentos al servicio de la comunión y de la misión de la Iglesia. La preparación para el matrimonio o “pastoral prematrimonial” es pues un proceso de maduración, capacitación y crecimiento vocacional del hombre y de la mujer para una entrega y una misión particular en la Iglesia. Este proceso es continuo y gradual y se lleva a cabo en el seno de la comunidad eclesial. Debido a la actual crisis del matrimonio y de la familia, esta preparación para el matrimonio es actualmente más necesaria y urgente que nunca. La finalidad propia de este proceso es ayudar a cada persona a descubrir su vocación particular y, en caso de vocación matrimonial, a disponer su vida en respuesta a esta llamada divina a un amor conyugal como un camino de santidad.

Reflexionaremos ahora sobre el valor institucional del matrimonio y la familia:
“El valor institucional del matrimonio debe ser reconocido por las autoridades públicas; la situación de las parejas no casadas no debe ponerse al mismo nivel que el matrimonio debidamente contraído.” (CDF, Art. 1, lit. c).
“La familia tiene el derecho de existir y progresar como familia.
a) Las autoridades públicas deben respetar y promover la dignidad, justa independencia, intimidad, integridad y estabilidad de cada familia.”
(CDF, Art. 6).
La familia es la expresión fundamental de la naturaleza social del ser humano. Es una comunidad de personas basada en la alianza conyugal, por la cual un hombre y una mujer se entregan y aceptan mutuamente, estableciendo entre sí una comunión íntima de vida y de amor ordenada al bien de ambos y a la procreación y la educación de los hijos. El matrimonio es una institución natural dotada por el Creador de una muy alta dignidad, que debe ser amparada por la ley civil. No corresponde equiparar el matrimonio con ninguna forma de "unión de hecho".
La Constitución Nacional establece que:
“La familia es la base de nuestra sociedad. El Estado velará por su estabilidad moral y material, para la mejor formación de los hijos dentro de la sociedad." (Art. 40). El carácter iusnaturalista de nuestra Constitución (cf. Art. 72) no deja lugar a dudas sobre qué se entiende aquí por “familia”. Está implícito que se trata de la familia basada en el matrimonio monogámico y heterosexual. Por lo tanto, todos los ciudadanos y el mismo Estado debemos colaborar en la defensa y la promoción del matrimonio y la familia, para bien de toda la sociedad.
El secularismo que impregna nuestra cultura concibe al ser humano, la sexualidad, el matrimonio y la familia como realidades totalmente independientes de Dios. Esta ideología conlleva generalmente un relativismo moral que niega o desvirtúa la moral sexual, conyugal y familiar. Con frecuencia se pretende imponer este relativismo moral a través de los medios de comunicación social y de iniciativas políticas y legislativas -tanto nacionales como internacionales- contrarias al derecho a la vida y los derechos de la familia. Se percibe en general una desvalorización del matrimonio, tanto natural como sacramental. Todo esto ha producido una disminución de los matrimonios y un aumento de las uniones de hecho y los divorcios.
La crisis de la familia ha debilitado a las familias cristianas y ha causado el aumento de las familias en situaciones contrarias a la moral cristiana. Son relativamente pocos los uruguayos cuya vida cotidiana está fuertemente influida por sus convicciones religiosas. Muchos católicos se han apartado de la doctrina moral de la Iglesia, conformándose a la mentalidad de este mundo. Esta desviación es grande en los casos del divorcio, las mal llamadas "relaciones sexuales prematrimoniales", las “uniones de hecho”, la fecundación in vitro y el aborto.
Nuestra cultura actual contiene muchos elementos que atentan gravemente contra el matrimonio y la familia. Están muy extendidas actitudes negativas tales como el individualismo, la competencia desmedida, la indiferencia hacia los demás y el consumismo. El individualismo lleva a ver a los otros como adversarios, incluso dentro de la misma familia. También se ha difundido la mentalidad hedonista, que iguala el placer con la felicidad. Usualmente se privilegian los derechos frente a los deberes. El relativismo característico de la post-modernidad ha generado una cultura superficial. En este contexto la verdad cristiana sobre el matrimonio y la familia es contracultural. El relativismo moral que impregna nuestro ambiente social conduce a negar la existencia de una crisis moral; se trataría sólo de que los valores han cambiado.
En los medios de comunicación social, particularmente la televisión y la Internet, se promueven antivalores, incluso la pornografía y el libertinaje. Esta "contaminación espiritual" ingresa con facilidad al ámbito privado de los hogares y a veces contagia a sus miembros.
Actualmente está en marcha un amplio conjunto de iniciativas políticas y legislativas contrarias al derecho a la vida y a los derechos de la familia. Dentro de ese conjunto se encuentran, por ejemplo, los proyectos de legalización del aborto, de la reproducción humana asistida y de las uniones homosexuales. Estas iniciativas están muy influenciadas por la anticristiana ideología de la “perspectiva de género” y por una filosofía relativista incompatible con la fe cristiana.

Querido amigo, querida amiga:
En el contexto de una sociedad secularizada que sufre una enconada embestida contra los derechos y deberes de las familias, los católicos uruguayos hemos de reafirmar nuestra visión de la familia como santuario de la vida, como escuela del más rico humanismo y como un bien para la sociedad, una célula básica para la construcción de una sociedad más justa y fraterna; y, sobre todo, hemos de profesar nuestra fe en el Evangelio de Jesucristo acerca de la vida y la familia, comprometiéndonos a hacer de nuestras familias cristianas, con el auxilio de la Gracia, pequeñas “iglesias domésticas”, en las que los padres ejerzan con amor y responsabilidad su misión de ser “pastores” de sus hijos, guiándolos en el camino hacia el Padre.
Por la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre del Redentor, ruego a Dios que, contemplando a Jesús, María y José y siguiendo sus huellas, tu familia se convierta cada día más, mediante el encuentro con Jesús, el Señor resucitado, en germen de vida, semilla del Reino y signo de esperanza para nuestro querido país.
Dando fin al programa Nº 9 del segundo ciclo de “Verdades de Fe”, me despido hasta la semana próxima. Que la paz y la alegría de Nuestro Señor Jesucristo, el Resucitado, estén contigo y con tu familia.

Daniel Iglesias Grèzes
27 de agosto de 2007

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